Y en un instante, todo cambia. 
Después de ese momento no volverás a ser la misma persona. 
Esa historia que creías eterna, se acaba. Ese amor que creías infalible, no bastó. La relación con el amor de tu vida se terminó. No sabes qué sentir, es como si todas las emociones se encapsularan por unos minutos y no puedes simplemente creer lo que está sucediendo, hasta que la cápsula se rompe y todas las emociones llegan de golpe causando un shock tremendo. No sabes si irte de manera digna o intentar negociar. A veces hasta incluso podemos rogar pues el mayor de nuestros miedos se está volviendo real. Sabes que lo peor apenas está por venir. 
Cuando inicias un duelo, sientes que el dolor jamás pasará y realmente el dolor no “pasa”, uno mismo es quien tiene que sanarse sus heridas, vencer el síndrome de abstinencia y cada uno de los demonios que acompañan un duelo, sumando el hecho de que esos demonios vienen con todo e infierno: La codependencia. Sin embargo, más que llevar un duelo como mero trámite para superar una ruptura, me di cuenta que era la oportunidad para recuperar cada una de las piezas de mí que había perdido, no sólo en mis relaciones de pareja, sino en cada aspecto de mi vida, e incluso ir por aquellas que jamás  había considerado buscar. 
Recuerdo que tardé un par de días para darme cuenta que realmente ya no estábamos juntos, mi mente lo había negado por completo, yo no quería aceptarlo, no era lo que yo quería, a pesar de que la relación estaba tibia, de que habíamos caído en la rutina, en el dar por hecho, en la mala comunicación e incluso en la violencia, yo simplemente no quería resignarme a estar sin él. Una vieja y mala compañera había regresado: la ansiedad. Es como si alguien te estuviera gritando todo el día, a todas horas, a veces con más volumen, a veces con menos, pero siempre está ahí, no te deja hacer nada, ni comer, ni dormir, lo único que medio lo calma es el hablarlo, pero eventualmente regresa. No sé en qué momento la conocí, sólo sé que también estuvo presente durante mi relación. La sentía cada vez que discutía con mi expareja, en ese intervalo de silencio e indiferencia post pelea, llegaba rápido diciéndome que tenía que solucionar inmediatamente lo que sucedía, ofrecer disculpas y pedir perdón, sin importar el motivo de la discusión. Llamar de manera insistente, cascadas de mensajes, seguirle por toda la casa con tal de que él aceptara ya “estar bien”, sin dar espacio incluso a reflexionar o tranquilizarnos. Mi miedo a perderle era más fuerte que cualquier cosa.  
Muchas ocasiones simplemente no podía reconocerme ¿Por qué me hacía esto a mí, yo misma? Comienzas a justificar cada acción tuya y de tu pareja para que todo encaje, para que todo siga “bajo control” pero por dentro, siempre sabes que esos castillos de naipes sobre los que se basan tus ideas, eventualmente van a caer.  
Los primeros días del duelo siempre son los peores, a ratos le odias por haberte arrancado todo de tajo, por haberse ido, por no haber regresado, por ser tan cruel y egoísta; y a ratos lo idealizas por ser tan atento, tan guapo, por su esfuerzo, por sus sonrisas, por todo… Lloré, lloré literalmente hasta el cansancio cada uno de los primeros días, quizá una semana y media, no dormí mucho tampoco, cada noche soñaba con él, desde sueños donde éramos felices y todo había sido una mal sueño para darme cuenta al despertar que la realidad era otra (otra vez), hasta pesadillas donde lo veía con otra mujer, donde me repetía que nunca me amó y donde se cumplían cada uno de mis miedos de perderle. De apetito ni hablemos, en mi casó éstos primeros días brilló por su ausencia, bajé rápidamente de peso, pues cuando me forzaba a comer, la ansiedad subía.  Él había tomado la decisión de bloquearme de toda red social, no tenía manera de saber de él y dado que la ruptura no fue en tan buenos términos y que para colmo era la tercera vez que ocurría, había tomado la decisión, aún en contra de mi ansiedad, de no buscarle. 

Solamente él podría calmar todo, me convencía a mí misma. ¿Qué estará haciendo? ¿Me extrañará o estará ya con otra mujer? ¿Tan rápido me habrá olvidado? ¿Me buscará algún día? Eran las preguntas que constantemente pasaban por mí cabeza de manera cíclica. Recuerdo que se despertó en mí un interés por la adivinación, sentí curiosidad por el tarot egipcio, consideré acudir a alguna lectura… Quizá ahí podría encontrar las respuestas a mis preguntas, quizás si me dicen que regresará a buscarme lo único que tengo que hacer es esperar, pero si me dicen que no regresará… cualquier gramo de esperanza que me hiciera un poco más llevadero esos días desaparecería. Preferí no hacerlo. Elegí mejor escuchar a mi familia y amigos, desde sus palabras de aliento hasta cuando me hacían ver mis áreas de oportunidad pues mi visión de los hechos estaba sumamente nublada por mis sentimientos y mi codependencia. 
No tardé mucho en darme cuenta lo que era obvio para todos, mi vida giraba en torno a él, mis emociones, mis pensamientos, mis decisiones estaban basadas en él. Poco a poco fui recordando más situaciones que se dieron durante la relación: los insultos, las humillaciones, las manipulaciones, y la culpa y tristeza que sentí aquellos días se fue convirtiendo en ira y coraje. Seguía esperando que me buscara, pero ahora para reclamarle absolutamente todas las heridas que yo creía me había hecho, cada maltrato. La ansiedad comenzó a irse a ratos más grandes.  

Abrí mi clóset para elegir la ropa que usaría ese día… no me había dado cuenta que la mayoría de las prendas que había escogido, habían sido pensando en él, en lo que yo creía le podría gustar. Sentí más coraje aún pero ahora conmigo porque no me había dado cuenta que yo misma me había anulado completamente. El largo de mi cabello, el color de mi esmalte de uñas, la forma de maquillarme, cada cosa que yo hacía ya automáticamente era considerando lo que yo suponía era su opinión. Lo más irónico es que él jamás me exigió como tal el vestirme o arreglarme de cierta manera, pero sí me expresaba abiertamente lo que le gustaba que usara y llegó a mostrar cierta decepción y molestia cuando cambié de color mi cabello sin considerar su opinión previamente expresada. Me manifestó que se sintió ignorado. Desde ese momento me propuse darle gusto también en ello. Digo también porque mi propósito era darle gusto en todo.  
Al iniciar nuestra relación como pareja, después de muchos años de una fuerte amistad, él me dijo que me consideraba simplemente la mujer perfecta, por mis gustos, por mi forma de ser, por mi físico y yo a él lo consideraba de la misma manera. Parecía que nos habían hecho a la medida del otro. Rápidamente uno de mis propósitos fue el hacerlo el hombre más feliz del mundo. Estaba por fin viviendo mi propio cuento de hadas… no podía darme el lujo de arruinarlo, así que su felicidad se convirtió en mi prioridad número uno. Abandoné un par de hobbies para poder estar con él ese tiempo, prefería estar abrazada con él viendo una película que perder esas horas con él por ir al gimnasio. También desarrollé un “gusto” por darle muchos “gustos”. Desde ropa hasta videojuegos, desde cumplirle algún antojo de crepas hasta consentirle de manera que él se diera cuenta que lo buena mujer que era yo para él. Sin embargo cualquier roce, discusión, pelea o indiferencia, se sentía simplemente como que no bastó “todo lo que hice”, lo que me llevaba a subir la apuesta y por lo mismo, comenzar a exigir mi paga, la cual se vio reflejada en mi actitud, en un estrés casi permanente, poco a poco pasé de ser su pareja a ser como una especie de madre que consentía pero también regañaba y castigaba. Me fui perdiendo como mujer y por ello, él fue poco a poco dejándome de ver como tal, el respeto se fue mermando, la confianza, la atracción, el jugueteo. El interés por arreglarme y atenderme a mí misma era casi nulo, me llene de miedos, sentía como si me fuese debilitando cada día más y más. 
A veces creemos que el entregarnos al grado de perdernos es un acto puro de amor, lo cual es falso. La abnegación es un acto realmente egoísta, pues esperamos que la otra persona se sienta comprometida a darnos una entrega igual. No su entrega, a su manera, en su forma de amar, sino en la nuestra. La realidad es que los codependientes podemos esconder ese egoísmo, a veces inconsciente en una máscara de dadivosidad.  
Los codependientes no sólo queremos que nos amen, también necesitamos ser necesitados. 
Así aseguramos que nuestra pareja no quiera irse y nos podemos sentir seguros de que alejamos el mayor de nuestros miedos: el miedo al abandono. 
Fue una realidad muy dura de asumir. Pasar del rol de víctima a darme cuenta de la enorme responsabilidad que tuve en mi relación y su desenlace.  
Las personas codependientes tenemos tendencia a emparejarnos con personas conflictivas, violentas, agresivas, con patrones autodestructivos porque inconscientemente creemos, que si los “salvamos” o ayudamos, nos volveremos indispensables para ellos. 
Y en mi caso, no fue la excepción. Él a pesar de ser un hombre con mucha inteligencia y talentos, también era una persona agresiva, irascible, con mucha tendencia al autosabotaje y en ocasiones muy violenta. También aquí para nuestro subconsciente encajamos perfectamente, sus patrones tóxicos con los míos.  
Llegó un momento en el que más que extrañarle a él me extrañaba a mí misma, así que decidí irme de compras, pero ahora cada prenda sería pensando en mí, me iría a hacer manicure y pedicure, pero ahora el color de los esmaltes serían pensando en mí, me iría a cortar el cabello, pero ahora elegiría mi largo del cabello pensando mí. Estaba comenzando por algo pequeño, pero ya me estaba recuperando a mí misma. Con forme fueron pasando los días, la intensidad de las emociones bajo al punto en que podía ya convivir normalmente con mis seres queridos sin romper en llanto. Sin embargo él seguía en cada pensamiento, sentía mucho coraje, pero a la vez lo extrañaba muchísimo. Había días en que pensaba que pronto me buscaría pues quizá pasado ese tiempo me estaría extrañando tanto como yo a él, otros días sentía más tristeza porque el tiempo seguía pasando y él no aparecía por ningún lado. No lo niego, guardaba en mí una vela prendida, pero esa velita de esperanza se iba haciendo cada día más pequeña y pequeña. 
Dentro de éste proceso de reencontrarme conmigo misma, me di cuenta que no solo tenía que reencontrarme sino incluso conocerme. Había cosas de mí que simplemente no veía o sabía. Y en éste proceso de reencuentro conmigo misma era requisito renunciar a la posición de víctima y de juez. No había sido su culpa, había sido responsabilidad de los dos.  
Las primeras semanas cuando las emociones eran más intensas y en el afán inconsciente de anestesiarme de ellas, las fiestas y salidas nunca faltaron, incluso varios pretendientes. Sin embargo yo estaba plenamente consciente que iniciar una nueva relación ahorita, sería otra forma de evadirme de mi duelo y que lo más seguro, al no estar sanada la codependencia, el patrón tóxico tarde o temprano se repetiría. Era momento de ser más inteligente y de comenzar a actuar de forma coherente con lo que quería. Mis sentimientos de amor hacía mi ex pareja aún estaban vigentes, entonces iniciar una nueva relación aplicando la famosa frase “un clavo saca a otro clavo” no sería sólo tóxico, sino era autoengañarme. Las proposiciones de “acostones“de una sola noche tampoco tardaron en llegar, sin embargo también sabía que no era ninguna solución y que el vacío que sentiría después era algo que no necesitaba. 

No debo de negar que esto ayudó a levantarme un poco el ego, pues durante el transcurso de la relación, mi autoestima se fue mermando al grado de sentirme una mujer fea, sin valor y que difícilmente alguien se fijaría en mí. 
En mi decisión de sanar realmente todo aquello en mí que había originado ésta situación, decidí solicitar ayuda profesional. A veces nos sentimos autodidactas en cuestiones de la mente humana y emociones y nos engañamos creyendo que “solitos podemos con todo”, pero tarde o temprano la vida nos da una lección de humildad y nos damos cuenta que solicitar ayuda no sólo no nos hace débiles, sino que representa un verdadero compromiso con uno mismo.

Fue así que llegué con un terapeuta, quien fue pieza fundamental en mi camino de recuperación, pues aunque la intensidad de las emociones iba eventualmente a bajar, el origen y la causa sólo se dormiría, para luego despertar más fuerte. En mis sesiones de terapia pude darme cuenta que tanto mi ex y yo, no discutíamos o peléabamos, incluso terminábamos por asuntos relacionados con la relación, aunque aparentemente así era, sino que nuestros demonios y heridas de la infancia fueron aflorando en la relación lo que nos llevó a convertirnos en aquello mismo que nos lastimó y que habíamos jurado que nunca nos convertiríamos. La realidad era que nuestras personalidades eran sumamente compatibles, pero nuestros demonios no y que esto sucede en gran medida con tantas relaciones, hay mucho amor pero también mucho dolor sin sanar y a veces no nos damos cuenta de esto y le “cobramos” a nuestra pareja todo ese bagaje emocional con el cual llegamos a la relación, convenciéndonos de que nuestra pareja es nuestro enemigo.

La codependencia había sido aquel bagaje que yo le cobré a él y a la vez a mí misma, afortunadamente ahora lo sabía con plena claridad y más que culparme, lo sentía como una nueva oportunidad de vida. 
Estaba entrando ya en la fase de aceptación de mi duelo. Aceptaba ya que la relación, esa etapa de vida, se había terminado. Fue algo muy liberador pues al hacerlo, cualquier rencor que tuviera hacia él y los momentos amargos de la relación se fueron, ya no era necesario tanta fiesta, estaba entrando en una etapa donde aunque la tristeza y nostalgia estaban presentes, la paz cada día se asomaba más. Los libros se convirtieron en buenos compañeros, el aspecto laboral comenzó a fluir rápidamente, los proyectos se concretaban y las oportunidades llegaban, me comencé a sentir fuerte.

Lo suficiente para poder tomar consciencia de aquellas partes de mi personalidad que ameritaban ser sanadas, desde mi inseguridad que se reflejaba en celos, mi necesidad de aprobación que me podían convertir en una persona servil, hasta mi prepotencia que me hacía ignorar el esfuerzo de los demás. 
Realmente tenía mucho que sanar en mí y comencé a darme cuenta que la codependencia iba sanando cuando ya no me culpé por haber sido así, cuando ya no tuve la necesidad de demostrarles a todos que estaba sanando y sobretodo cuando ya no quise rescatar a nadie más que mí, y que esto no era egoísmo, sino era un requisito para poder sanar realmente. Sí, a los codependientes suelen percibirnos como personas necesitadas, frágiles hasta que realmente nos rompemos y es ahí cuando decidimos rehacernos y en ese proceso adoptamos una fuerza que jamás hubiéramos pensado tener…

Continuará…