“Nos juzgamos demasiado el uno al otro” me dijo él en un momento que estábamos a punto de discutir de nuevo. Y es que realmente nuestras discusiones eran por nimiedades que se exageraban: porque se le olvidó mandarme un mensaje en algún momento, porque se supuso algo que no era, porque se quedó dormido, no me avisó algo. Tonterías que nuestra manera de discutir y de percibir las cosas hacía que lo más mínimo se viera como la más grande de las ofensas lo que nos llevaba a terminar gritando, discutiendo e  ignorándonos. Mi necesidad de “estar bien y arreglar todo rápido” se convertía en una forma de ejercer presión, de no dar espacio a calmar las emociones ni caer en reflexión, lo cual hacía que las cosas por más pequeñas que fueran no se solucionaran, solo se fueron reprimiendo y guardando, hasta el punto en que discutíamos por cosas que realmente no existían, parecía que ambos buscábamos el pretexto para descargar un poco lo que nos íbamos guardando. Muchas cosas las callábamos para evitar problemas y otras veces insistíamos tanto en un tema que generaba más discusión.  Ahora sé que no es sano irse a ninguno de los extremos, que hasta para entablar una buena comunicación se necesita un espacio para poder respirar y después darle un verdadero carpetazo al asunto. No es sano darle vueltas y vueltas a un asunto que realmente ni importancia tiene.

Un problema con nosotros los codependientes es que en la discusión se manifiesta el mismo miedo al abandono. Constantemente pedimos que nos estén reafirmando el amor que nos tienen. Yo desarrollé un mal hábito de preguntar cosas buscando constantemente esa reafirmación, desde preguntarle si él tenía miedo de perderme, si me sería infiel, si alguien más le gustaba y formulaba las preguntas de manera en que no hubiera escapatoria, pues sin importar su respuesta, no era suficiente para mantener mi miedo al abandono completamente sereno y mi inseguridad crecía y eventualmente terminaba en discusión. El secreto para mantener una buena comunicación es no tener miedo de perder a tu pareja, pues solamente desde la seguridad del ser, del amor que das y que te dan, se puede ser completamente honesto con uno mismo y con el otro, sin necesidad de atentar contra la dignidad de ninguna de las partes y sin tomar como personal el sentir o pensar del otro. Aunque seamos pareja, somos diferentes.
Si alguna de sus palabras aún retumban en mi mente son las que me dijo justamente en un momento donde él pudo guardar la paciencia y yo no “Estás tan preocupada de vivir tus miedos que te estás perdiendo el vivir nuestros sueños juntos.” En ese momento me hizo mucho sentido lo que me dijo, sin embargo no fue hasta entrar en duelo que supe comprender la profundidad de sus palabras.

Y es que sí, tenía miedo que me fuera infiel aunque jamás me dio motivos para pensarlo y al día de hoy yo sé que jamás lo fue. Tenía miedo de que pensara que yo era una mala persona o un mal partido, que no era suficiente, que estaba envejeciendo, que era mala pareja, que la relación terminara y cuando esto sucede, la relación se puede convertir en una carga y presión para ambos. Desgraciadamente cada que, ideas así se me venían a la mente, no me daba cuenta que estaba ya viviendo mis miedos a pesar de que no estaban sucediendo.

Los codependientes perdemos el equilibrio, pasamos de la sumisión a la prepotencia fácilmente, lo que genera también un descontrol en nuestra relaciones. A veces enganchándonos con el orgullo de nuestras parejas.
En esos momentos mi codependencia pasó a tener un tórrido romance con su orgullo el cual también es un mecanismo de protección, haciendo a un lado nuestra relación. Mi comportamiento dependiente era el detonador perfecto de aquellos mecanismos de protección de esas heridas. Estos mecanismos aprendidos crecieron y crecieron. Ambos necesitábamos ayuda, pero nunca lo aceptamos. Ambos nos terminamos convenciendo de que la otra persona era alguien que no existía, un enemigo o incluso problema y en ese proceso nos perdimos a nosotros mismos.

Gran parte del proceso del duelo de un codependiente es culparse por “el hubiera”, para encontrar cualquier motivo para ir “en rescate” de la otra persona. Se buscan pretextos para contactar, para llamar y sobretodo para no perder al ser amado. En mi caso, afortunadamente ya estaba consciente de esto y decidí forzarme para mantenerme lo más firme posible, me dí cuenta que era parte de mi misma necesidad de control y que aunque codependiente, también lo amaba y por ello le debía el respeto también a su proceso de sanación, al igual que el mío. Tenía que soltar para sanar

Solamente en la ausencia se puede comprender el poder de la presencia, tanto de alguien más como la propia, tanto en lo positivo como en aquellas áreas que tenemos que sanar con nosotros mismos.

Pero ahora ya no bastaba darse cuenta, había que tomar acción. Hacer lo necesario para sanar. Dejar la negación de lado fue básico y automedicarse con enormes dosis de humildad. Se comienza con pequeñas acciones como retomar el cuidado por la misma imagen de uno mismo, hasta el aprender a poner límites sanos con las personas que nos rodean. Se debe aprender a gestionar las emociones, no tenerles miedo y no reprimirlas, si quería llorar me daba permiso y si quería explotar prefería escribir o hablar con algún ser querido. Hablar con alguien puede ser muy liberador, pero debemos aprender a elegir muy bien, a decir la verdad sin buscar aliados y a no andar pululando en todos lados esperando la lástima de los demás.

Había más equilibrio en mis días, los días tristes eran ya un poco más aislados, pero cuando llegaban lo hacían intensamente. Tal vez un día cada dos semanas me daba por llorar hasta dormirme, por aislarme, por desconectarme. Los demás días aunque son tranquilos y hasta te permites reírte de los chistes de tus amigos, no se deja de sentir ese huequito en el corazón, ese vacío, que ahora solamente uno mismo tiene que llenar, para poder compartir un corazón completo en el futuro. Si algo me ayudo fue mantener la FE. La fe en que todo lo que estaba sucediendo era para algo mejor. Sí, es difícil cuando sientes tanta incertidumbre y que por dentro te vas desmoronando poco a poco, pero también es cuando nos damos cuenta que es lo que más necesitamos, simplemente tener fe.

Puede ser difícil adaptarse a una nueva vida sin aquella persona con la cual te visualizabas llegando a viejitos y consintiendo a los nietos, y no solo en las cosas evidentes como cambio de residencia o el sentarte a comer con esa persona y platicar de tu día. Sino en las cosas que damos por hecho las que suelen doler más, desde los mensajes de amor, las llamadas avisando “voy para la casa”, los días en pijama jugando o viendo películas, los abrazos espontáneos mientras se lavan los trastes, las notitas que se dejan en el refrigerador, las ganas de compartir un chiste… son esas cosas que realmente hacen una relación, donde se demuestra el amor y que vamos obviando por miedo y orgullo. Y aunque extrañando, también era momento de valorar este tipo de detalles que mi familia, amigos y compañeros tenían conmigo desde hace mucho y que también estaba dando por hecho, desde un consejo, una broma, un saludo en las redes sociales, una foto de “bonita semana”, tantas cosas que la vida nos da y que no valoramos hasta que perdemos. Era momento de practicar la gratitud en todo momento, fue así que comencé a valorar más la vida, y que aunque recordaba mis discusiones y peleas con él, también valoré realmente todo lo que se esforzó por nuestra relación. No era la etapa de idealización que también se vive en un duelo, donde nos tapamos los ojos a lo negativo y amplificamos lo positivo, no, eso ya lo había pasado, de hecho es la etapa en la que más lloré. No, ésta era una etapa de mera gratitud, estaba consciente de lo sucedido pero los buenos recuerdos comenzaron a llegar pero ahora para robarme más sonrisas que lágrimas de dolor y nostalgia. Tomé la decisión de a distancia, enviarle mi gratitud POR HABER SIDO QUIEN ES.

Sin darme cuenta nos estaba liberando.

La ansiedad seguía haciéndose presente, con menor intensidad pero seguía ahí. Una de las luchas internas más grandes fue el querer saber de él, el resistirme a buscarle por redes sociales, a checar sus conexiones en whatsapp, y a todos estos comportamientos compulsivos y tóxicos que solemos tener facilitados por la tecnología. Recuerdo mucho que en varias discusiones él me decía que “todo tenía que ser a mi manera” y aunque en esos momentos lo tomaba como una agresión, después en duelo, comprendí perfectamente la frase “lo que te choca te checa”. Mi ansiedad era justamente porque las cosas no eran “a mí manera”, comprenderlo fue muy liberador. ¡Caray, esa necesidad de control era en gran medida la fuente de mi estrés en cada área de mi vida! Fue ahí cuando, decidí eliminar estos comportamientos controladores, aceptar que había diversas formas de pensar, de sentir, de manifestar y hasta de amar. Llevaba ya varios años queriendo controlar reacciones, pensamientos, opiniones y decisiones no sólo de mi pareja, sino hasta de mi familia. Y en mi afán de control, él también quiso darme gusto en ello. Así como yo había hecho mi prioridad su felicidad, también él lo había hecho conmigo.

La necesidad de control viene de una enorme inseguridad, muchas veces se acompaña de la mejor de las intenciones, pero nunca del mejor de los resultados. El amor es libre, no controla, si controla no es amor, es codependencia. Y aunque yo lo amaba, también fui codependiente. La ansiedad, como arte de magia fue cediendo hasta un día desaparecer por completo. Comencé a dejar que las cosas fueran. Comencé a dejar que las personas fueran quienes eran. Comencé a dejarme ser como realmente soy, sin codependencias.

Mi terapeuta me felicitaba en cada sesión, era cada vez más visible que la codependencia estaba abandonando mi ser. Aún tenía mucho camino que recorrer, pero también supe ver que llevaba ya mucho avanzado y después de mucho tiempo pude sentirme auténticamente orgullosa de mí.
Los miedos también se iban debilitando, se estaban muriendo de hambre pues mi atención y energía habían cambiado de dirección.

A pesar de ya no tener una relación, ni contacto alguno, él seguía enseñándome. Te das cuenta que vas sanando cuando a tus ex parejas no las ves como verdugos, sino como maestros.
La ansiedad había roto por completo mis patrones de sueño, me levanté muchas noches de manera intempestiva en la madrugada solamente para no poder volver a dormir. Realmente no descansaba y todo el día me sentía agotada, esto también fue cambiando poco a poco. Por momentos uno quisiera tener una máquina del tiempo, a veces para retroceder y evitar que la relación se termine y a veces para acelerar el tiempo aunque sea para volver a dormir una noche completa. Al final, ésta añoranza es también una necesidad de control. Desesperarse solo empeora todo, lo mejor es aceptar el presente ya sea con lágrimas o con una sonrisa, dejar que lo que está sucediendo, suceda. Llegará el momento en que conciliar el sueño ya no sea un problema.

La aceptación es básica, más no la resignación Cuando estamos en duelo creemos que nada tiene solución, renunciamos incluso al amor. Aceptar que estamos en duelo no quiere decir resignarse a no soñar. Al contrario, es el momento de retomar cada sueño, incluyendo una relación de pareja sana y fuerte, con más fuerza. Capitalizar cada día del duelo codependiente en experiencia, actuar con coherencia y empoderarte. Sí, aunque ese vacío siga ahí, poco a poco se irá llenando. Aún no es momento de iniciar una nueva relación, pero sí de aceptar el amor, el amor hacia ti.

Dale tiempo al tiempo, date tiempo… esa llamada llegará, ese proyecto se concretará, lo que tenga que ser, será. Solo renuncia al control… suelta lo que ya no es, abraza lo que está siendo y ábrete a lo que será.

Despídete de la codependencia, poco a poco, sin prisas y sin pausas.

Continuará…