Cuando te das cuenta que has sido codependiente, te sientes como si fueras un ser extraño, fuera de lugar hasta raro, pero una de las bendiciones de la etapa de cualquier duelo es que también descubres a aquellas personas que realmente se interesan por tu bienestar y que te aman. Desde familiares, amigos, colegas y el intercambio de historias no tardan en llegar: “Yo fui codependiente con mis novias” me compartió uno de mis amigos más queridos. “Hacía de todo para complacerlas, hasta el traicionarme a mí mismo, haciendo a un lado mis gustos y hasta a mis amigos, pero toqué fondo y hoy soy feliz soltero, mantengo la ilusión de casarme y tener hijos, pero no dejo de disfrutar ya mi vida. Ahora puedo elegir de manera más inteligente y actuar de manera más coherente” me dijo él.

Otra amiga con la cual había compartido en fiestas y reuniones, una tarde me hizo llegar un mensaje “Yo también estoy en proceso de duelo, hasta estoy yendo con una terapeuta que me está ayudando mucho” Al contar nuestras historias vimos que había una sorprendente similitud en nuestros pensamientos, sentimientos y hasta en las fechas de los eventos. “Es agradable poder compartir con alguien que sabe justamente como te sientes” me expresó. Y tenía toda la razón, tener un diálogo con alguien que no te juzga por tus flaquezas, que además también las ha vivido y te anima a superarlas, es como un abrazo para el alma. Fue así como me di cuenta que la codependencia, en sus diferentes niveles, era algo mucho más común de lo que imaginaba. La misma sociedad la fomenta al inculcarnos creencias tóxicas acerca del amor y es por eso que confundimos necesitar con amar, sumisión con entrega y nos convencemos que debemos de hacer todo por amor, incluso taparnos los ojos al maltrato o dinámicas poco saludables. Los codependientes nos convencemos que somos víctimas y permitimos que nos traten como tal, que nos hablen como tal, que nos ignoren como tal, que nos manipulen como tal, renunciamos a nuestro poder personal “por amor”.

Así como a veces damos por hecho el esfuerzo que nuestra pareja hace, también obviamos todos nuestros aciertos como personas, aquellos actos, sentimientos, pensamientos, detalles que tienen un valor enorme. Y desde este punto comenzamos realmente a tomar el poder de tratarnos a nosotros mismos como los seres valiosos que somos. A veces extrañaba tanto a mi ex pareja que deseaba contactarle, hacerme presente “para que no se olvidara de mí”, sin embargo comenzaba a preguntarme ¿Para qué? ¿Qué espero? ¿Qué pasaría si no me responde el mensaje, si me contesta de manera cortante o incluso grosera? ¿Me merezco ponerme a mí misma en esa situación? y aunque se portara de forma amorosa y amable ¿Cómo me sentiría conmigo misma después de haberlo buscado? No, no me merezco ponerme en ninguna posición de darle la oportunidad a quien sea de tratarme mal, porque eso es ya tratarme mal a mí misma. Esta forma de pensamiento fue básica para mantenerme firme en mi camino. No era cuestión de un orgullo inflado, era el devolverme a mí misma algo que yo había entregado, mi dignidad.

Cuando tu relación contigo cambia, también cambian las relaciones con los demás. Comencé a depurar mi vida de relaciones tóxicas. Fue fácil poner un freno a aquel pretendiente que intentaba controlarme y se mostraba encaprichado. Poner límites cuando alguien intentaba cruzar la línea y juzgaba mis decisiones, fue más sencillo. A nivel laboral, fue más simple solicitar puntualidad y compromiso. Antes, el hacer esto implicaba grandes dosis de drama y culpa, y al final terminaba cediendo traicionándome a mí misma y a veces hasta justificando las fallas de los demás, pues me convencía de que estaba exagerando. Poco a poco el engancharme en discusiones sin sentido dejo de ser un hábito, el ofenderme por irresponsabilidades ajenas también así como la necesidad de aprobación de los demás. Estaba encontrando ese sano equilibrio entre escuchar a los seres queridos pero no dejar que sus opiniones controlaran mi vida, el estar abierta a escuchar y hasta reconocer un error pero siempre dándome mi lugar.

Comprendí que no se trata de sentirse más que los demás, sino dejar de sentirse menos.

Cuando comencé a verme sin anestesia, pude ver con claridad mis áreas de oportunidad, aquellas partes en mí que necesitaba sanar pero ya sin juzgarme o culparme. También la claridad llegó para aceptar mis virtudes sin necesidad de ego. Comencé a abrazar mi oscuridad permitiendo que mi luz también comenzará a brillar. Desde ésta nueva perspectiva donde yo era la protagonista de mi propia película y que tenía el derecho de compartir mi camino con personas a las cuales yo pudiera aportarles pero también me aportaran, aquel huequito, aquel vacío se comenzó a llenar. Ya era cada vez menos frecuente el pensar en mi ex pareja y hasta el extrañarle. Incluso comenzaron a haber días donde ya no pasaba por mi mente, la incertidumbre del futuro se convirtió en emoción llena de potencial y posibilidades. Me estaba reconciliando conmigo misma, ya no necesitaba a nadie más que a mí y esto me permitió comenzar a compartirme sin apegos con las personas de mi entorno. Estaba comenzando a amarme realmente. Era una sensación como de “regresar a casa” y lo mejor es que dependía solamente de mí. Sabía que me estaba recuperando, que mi autoestima estaba sanando, comencé a sentirme realmente tranquila.

Hacía años que no sentía tal tranquilidad, el estrés se había convertido en un modo de vida, tenía tiempo que me sentía estancada, con grilletes, había perdido el gusto por muchas cosas y hasta desarrollado miedos por otras que solían encantarme. No lograba mantener conexiones con los demás, me veía tensa y hasta acelerada,  había perdido la capacidad de disfrutar realmente, siempre había algo que bastaba para generarme estrés y desconectarme del momento. Y afortunadamente, mi capacidad de vivir estaba regresando. Pude ir al cine con un amigo y reírme a carcajadas de la película, sin miedo a que algo saliera mal o cambiara en cualquier momento, irme de viaje con otra amiga sin el pendiente de hacer enojar a alguien, poder compartir tardes enteras con mi hermana, viendo series sin creer que descuidaba algo, comer en casa de mi madre sin aceleres, atender mi trabajo y proyectos sin miedo a que no funcionaran, recibir cumplidos sin creer que no los merecía Ya no tenía miedo a equivocarme. Ya no tenía miedo a vivir. Estaba volviendo a ser yo misma.

Pero si se supone antes estaba tan bien ¿Por qué desarrollé un apego codependiente? Porque la realidad es que antes no estaba tan bien, ya era codependiente pero no se había manifestado tan clara y dolorosamente. El origen de la codependencia viene desde la infancia, por alguna herida de abandono o por padres sobreprotectores y hasta controladores. Desarrollamos una necesidad de cumplir las expectativas de los demás, nos anticipamos a lo que creemos son sus necesidades, incluso creemos que tenemos que sacrificarnos por los demás y por ello la sensación de sentirse abusado  es una constante. Buscamos inconscientemente ese cariño que nos faltó en la infancia en nuestras parejas, buscamos a alguien a quien salvar, pues así sentimos que nos salvamos a nosotros mismos. Esto nos vuelve vulnerables a engancharnos con personas que de alguna manera, ya sea consciente o insconscientemente son insatifechos permantentes, siempre quieren recibir más y más y más dando muy poco, económicamente, afectivamente, etc. lo que reafirma nuestra idea de “nunca es suficiente” y así damos cada vez más y más y más recibiendo mucho menos de lo que damos, al final esto nos hace quedar también como buenas personas, incondicionales, sacrificadas y abnegadas. La pareja de un codependiente suele ser alguien con tan baja autoestima como el codependiente o incluso más baja, también con heridas de abandono buscando quien los rescate de su dolor, personas que evaden y renuncian a su responsabilidad, que a veces ni el ofrecer disculpas o pedir perdón pueden porque saben que el codependiente lo hará por ellos. Personas con expectativas muy altas y poco claras hacia los demás, que suelen ofenderse fácilmente si no se cumplen y que cuando esto sucede, la culpa siempre es de la parte codependiente, a veces hasta usando la violencia para manifestarse. Sus enojos, fracasos y  tristezas siempre serán culpa de alguien más y cuando las circunstancias son tan claras que no pueden delegar su culpa, simplemente tienden a la negación de lo sucedido, hacen como que no pasó, recurriendo a la soberbia como un perfecto evasor, lo que los lleva a autodestruirse, sabotearse y a sentirse solos detrás de los muros de la aparente insensibilidad esperando que de nuevo, venga alguien a rescatarlos. Son personas que muy en el fondo no creen merecer ser amados, tener éxito, sobresalir, recibir,  a pesar de que lo deseen con todas sus fuerzas y a veces hasta lo exijan. Son personas que la felicidad no les sabe, pasan una parte de su tiempo poniéndose trampas, otra parte cayendo en ellas y otra culpando a los demás por ello.

En ambos casos, si el origen no se sana, la situación se repetirá con mayor intensidad en cada relación de pareja. Y el origen no está más que en nuestra infancia y las heridas pendientes. Ni el codependiente ni su pareja son personas malas, como todos son personas con un dolor reprimido, así como algunos se les manifiesta con drogas o fobias, aquí se manifiesta con codependencia y contradependencia. Solamente dándose cuenta del rol que uno está cumpliendo en éste tipo de dinámicas tóxicas es como se puede sanar. Mientras haya negación no habrá sanación. Pues es aquí donde tendremos que lavar aquellas heridas que están infectadas para que puedan cicatrizar. Llegar a este punto, en mi fase de duelo tampoco fue fácil, pero sí muy liberador. Todos necesitamos una guía, y mi terapeuta me ayudó a ir dándome cuenta cada una de las señales de la codependencia desde mi infancia. Perdonar a mis padres y a mí, fue básico. Pero perdonarlos verdaderamente, no de una forma simbólica, sino hacerlo en total honestidad. Al hacerlo comencé a dejar de buscar el cariño que creí no tuve para dármelo a mí misma. Mientras más lo hacía, más soltaba a mi ex pareja, más se llenaba mi vacío, más me recuperaba, y no sólo volvía a ser yo, sino que ahora me estaba convirtiendo en una persona emocionalmente sana.

Realmente, esto estaba siendo una oportunidad de vida.

Sentí que todo estaba a mi favor, me gustaba la persona en la que me estaba convirtiendo, que cada lágrima, dolor, fracaso, error, noche sin dormir, días sin comer, discusión, pelea… todo, había valido la pena para llegar a este punto donde ya no había marcha atrás. Estaba decidida a convertirme en aquella mujer que quería ser y lo mejor, es que ya no sentía culpa por ello, ya no había ningún obstáculo real o imaginario. Los peores días de mi vida se estaban convirtiendo en la mejor de las oportunidades. Romperme fue el medio para recuperar quien realmente soy. Dejar de ser yo fue necesario para poder reconocerme, equivocarme para volverme asertiva, sentirme frágil para encontrar mi fortaleza, traicionarme para aprender a ser coherente.

Nuestra historia se divide en dos: A.C. y  D.C. , antes de la copendencia y después de la codependencia.

Realmente todo estaba cambiando al ir sanando la codependencia.
Era momento de escribir mi propia historia, sin cargas, sin bagaje, sin heridas. Dándome permiso a equivocarme pero también a acertar.

La mejor historia de amor que he vivido fue aquella que comencé conmigo después de una amargo final con alguien más.

Continuará…