Ahí estábamos él y yo, abrazados, felices, cambiados. Esperábamos a más amigos para decirles que habíamos regresado y superado todos los obstáculos, mientras lo hacíamos comíamos una sabrosa pizza a la leña y nos contábamos chistes. Le tomaba de la mano, le robaba un beso y él reía… hasta que la alarma del despertador sonó y de nuevo sentí mi corazón apretujado. ¡Dios mío, ¿por qué tuve que soñar esto?! ¿Es acaso una recaída? No, es parte del mismo duelo. Cualquiera que diga que tuvo un duelo de dos días y lo superó todo en ese tiempo, se miente a sí mismo. Cada duelo es diferente, pero después de cerca de 20 años de convivencia con una persona que quisiste y después amaste, no se puede esperar que todo ese reajuste emocional y mental termine y quede perfectamente en un par de semanas o un par de meses, o a veces hasta un poco más. Hay personas que entran en duelo inmediatamente hay personas que tardan en entrar en ocasiones meses o hasta un año. Depende mucho de las circunstancias de la ruptura y del desarrollo de la relación. No se vive igual una ruptura por infidelidad o donde el amor ya se había esfumado que aquellas que son inesperadas porque minutos antes aún seguías con la intención de luchar por sacar adelante la relación.

Nos enseñan a tenerle miedo al dolor, a evadirlo con exceso de trabajo y actividades, con alcohol y fiestas, con relaciones de rebote, con encuentros sexuales, pero inevitablemente al acostarnos en el silencio de la noche o al despertar con la soledad de la realidad, el dolor llega de golpe para así de nuevo intentar evitarlo con las mismas dinámicas, a veces hasta por años. Fue así que aprendía a aceptar los remanentes de dolor en mi con lo que llamé “días de corazón apretujado”. Tuve que aprender a diferenciar que esto no tenía que ver con la codependencia, sino con el duelo. Afortunandamente el camino recorrido de superación de la “code” me permitió a conectarme sanamente con mi duelo. Los “días de corazón apretujado” que viví me fueron sirviendo para reconciliarme con la tristeza y evitar que se convirtieran en depresión.

No se trataba de decir qué sentir, sino qué hacer con lo que estaba sintiendo.

Hay que poner en práctica lo aprendido y así aunque tengamos el corazón apretujado, seguir coherentes con nuestra sanación. Reprimir el dolor es la peor opción, canalizarlo sanamente es ser inteligente. Desde permitirse llorar, sin torturarse viendo fotografías o escuchando canciones tristes y de ardor, escribir cartas que nunca entregues, salir a caminar para estar contigo… cualquier mecanismo saludable para liberar. Yo escogí dentro de varios el caminar hacia un lugar que fue especial para nosotros dos en nuestros años de amistad. No era un restaurante o algo ostentoso, era solamente un rincón en un parque al que durante meses seguidos acudíamos casi todos los días para hablar de lo mas banal hasta nuestros más íntimos sentimientos. En aquel lugar, él y yo arreglamos el mundo incontables ocasiones. Cada día de “corazón apretujado” iba ahí, a veces minutos, a veces segundos, a veces acompañada de un bolígrafo y hojas, en otras de un libro, pero en cada ida, iba acompañada de mí ser. En palabras plasmadas en forma de carta, de lista o de dibujo o meramente de diálogo interno, ordenaba mis pensamientos y emociones, aquellas frases que sentía habían quedado pendientes entre él y yo. Infinidad de “te extraño”, “te amo” , “te deseo lo mejor”, hasta anécdotas que consideraría le hubieran gustado, hasta reclamos por haberse ido y haberme quitado a mi mejor amigo sin una explicación ni un “perdóname”. Esto me fue sirviendo para que el corazón apretujado se fuera “desapretujando” por lo menos, un día más. Afortunadamente los días así, eran cada vez más aislados y menos frecuentes. Los días en los que él no cruzaba por mi mente aún eran raros, pero cuando lo pensaba lo hacía en su mayoría con una sonrisa. A pesar de nuestras dinámicas tóxicas por los demonios que ambos cargábamos, pude comprobar que lo que sentí por él, sí era amor. Mi codependencia ya estaba moribunda, y la claridad acerca de la persona que era él y la que era yo, me permitía cada vez más, ir liberando cualquier rencor o culpa que estuviera por ahí escondida. Pensaba en él con mucho cariño, deseaba de todo corazón que él también estuviera creciendo y sanando con esta experiencia y se encontrara a sí mismo, se lo merecía.

Durante mi duelo llegó una fecha de un acontecimiento que creía superado y en mi fortaleza acompañada de sensibilidad comprendí que no. Era un duelo, uno interrumpido, el fallecimiento de hace años de un ser muy muy querido para mí, donde me sentí abandonada y desprotegida. Hice un recuento, años atrás de esto también había fallecido otro ser muy importante para mí, mi abuelo. Él fue durante mucho tiempo, una figura de protección para mí y la única persona, a parte de mi ex pareja (en ese entonces mi mejor amigo) con quien sentía una profunda y verdadera conexión emocional. Al fallecer mi abuelo me sentí desprotegida, y en el duelo posterior él ya no estaba. Ese día me di cuenta que tenía que sanar las heridas de tres duelos, que ya no estaban ni mi abuelo ni mi pareja para protegerme. En aquellos fallecimientos pude sentir cómo calaba la soledad lo que hizo que buscara refugio en todos lados sin realmente encontrarlo, ahora también era momento de confrontar estos dos duelos más sola, pero ya no por resignación sino porque quería hacerlo. Y sola no me refiero a aislarse de la familia o amigos, simplemente a ya no huir de ellos buscando refugio en relaciones de ningún tipo. Rompí en llanto y lloré hasta quedarme de nuevo dormida.

Creemos que superamos las cosas cuando huímos de ellas, la realidad es que tarde o temprano regresan y con mayor fuerza, para vernos directamente a los ojos  y por fin confrontarlas. Me había vuelto codependiente para huir también de mis heridas, no de manera consciente sino como mecanismo de protección. Recordé que uno de mis pensamientos dominantes desde niña era “todo lo que amo, la vida me lo quita”. Desde perder aquel juguete que tanto me gustaba, hasta la desprotección que sentí por la ausencia emocional  involuntaria de mis padres. Cada que una mascota fallecía, que tenía que despedirme de una apreciada amiga por cambio de residencia, la muerte de familiares, el término de mis relaciones de pareja esa idea se iba reforzando poco a poco. Llegó un momento en la relación en que pensé que mi maldición se había roto, me sentía tan segura y protegida por él, que no me di cuenta le estaba entregando una responsabilidad que siempre fue mía. El poder liberador de “tomar consciencia” es algo que usualmente menospreciamos y que evitamos por el golpe de realidad que esto representa pero después del shock, la claridad del camino a seguir es impresionante.

Cambiar esa mentalidad de ser víctima, en éste caso de esa “maldición” era básico. Comprender que la vida sigue y que los cambios son constantes fue lo que me ayudó a practicar un verdadero desapego, uno sano, no una insensibilización o indiferencia, simplemente un desapego. Uno puede ir sintiendo cuando realmente va soltando porque es justamente cuando el vacío interior se va llenando. De pronto ya no se necesita a la ex pareja o a una nueva para sentirse completa, feliz, realizada, uno mismo es más que suficiente y cualquier futura relación sería una donde la entrega no fuera desde la carencia sino de la completitud de uno mismo y del otro.

Mi entorno comenzó a cambiar también, fui recuperándome en autoestima y autoimagen. Un miedo desarrollado en la relación se superó fácilmente: el miedo a las alturas. Durante mi relación llegué a sentirme tan frágil que lo aguerrido se durmió en mí. Ahora me sentía de nuevo fuerte, con unas nuevas ganas de comerme al mundo. Me sentía bonita, me sabía buena mujer, aún con muchos defectos y cosas por sanar, pero me podía reconocer con convicción como una mujer valiosa y con mucho que aportar y por ello, también merecedora de afecto y un verdadero amor.
Al paso del tiempo los pretendientes se hicieron cada vez más presentes, sus detalles de afecto ya no me impresionaban, ahora podía valorarlos y agradecerlos desde un nuevo centro, siendo fiel a mí misma y mi proceso. No faltó aquel hombre que en su ego, pasó ese límite. Supe que la vida me estaba mandando un mensaje, era hora de poner en práctica lo aprendido y así fue. Cordialmente fue invitado a salir de mi vida y círculo de amistades, lo mejor fue que lo hice sin un gramo de culpa. Estaba ya lista para elegir conscientemente también qué tipo de personas quería en mi vida, pues la codependencia no se había limitado a mi relación de pareja, yo era una “ayudadicta”. En mi búsqueda de aprobación, buscaba ayudar a todos, aunque no lo solicitaran, muchas veces aunque no lo pidieran. La relación con mis amistades y familiares se fortaleció.

Incluso, dejé de pretender que mi familia me salvara o me ayudaran a evadir mi responsabilidad en esta vida. Poco a poco la culpa que cargué a mis padres fue sanando, las heridas de la infancia cerrando, mi corazón se iba curando y mis sueños cambiando
Ya había mucho más días buenos que malos. Había mucho más noches buenas que malas.

Me hacía reír mucho, sentí su mano en la mía, sus abrazos, su aroma y un beso robado. Una sensación realmente hermosa, se sentía un amor libre, sano, real y auténtico. La arena, el aroma a coco y a mar, eran el escenario perfecto. Me sentía plena. Y de nuevo el despertador sonó, había soñado con otra historia de amor, pero ahora el rostro cambió y ya no hubo confusión en mi despertar.

“Así era como se debería de sentir una relación de pareja” me dije a mí misma.
“¿Será que mi corazón de nuevo se estará abriendo para un nuevo amor?”

Aunque aún no me sentía lista para ello, la idea ya no me daba miedo.
Ver a mis heridas y demonios a los ojos, me permitió recuperar mi poder personal.

El amor nunca había sido el problema, sino lo que a veces confundimos con amar.
Sí, yo había amado y mucho, pero me olvidé de amarme a mí.
Al olvidar amarme a mí, perdí de vista cómo amar al otro y permití tratos sin amor.
El amor se confundió.

Ahora estaba aprendiendo no a amar más, sino mejor. Comenzando por mí.

Continuará…