Han pasado ya varios meses desde que la relación con quien yo creía el amor de mi vida se terminó. Sin embargo sé que sigo en el proceso de sanación y de reencuentro conmigo misma. No sólo se ha tratado de sanar la parte emocional, sino la espiritual también. Ahora estoy más convencida que nunca que después de una situación en la que a veces creemos nos hundiremos por completo, si no nos damos el permiso de vencernos, las bendiciones llegan. En mi caso, mi salud ha mejorado muchísimo, mis relaciones personales tanto con amistades como con la familia se han fortalecido, nuevas personas han llegado a mi vida, incluso he tenido la oportunidad de ampliar mi campo laboral a rumbos que jamás hubiera imaginado.

Es irónico pero después de lo que consideré los peores momentos de mi vida, hoy comienzo a ver las mejores oportunidades de la misma. También he llegado a un punto en que el amor de pareja no es algo que ya me dé miedo o donde me sienta una persona rota o defectuosa. Cada día me siento más y más cerca del amor verdadero de pareja porque sé, que también me voy acercando cada vez al amor propio. Puedo decir, sin afán de presumir, que me siento muy orgullosa de mí misma.

Hay días en que los recuerdos vuelven, pero vienen ya con una gran carga de cariño y gratitud. Puedo ver con mayor claridad y sin anestesia emocional, la historia que compartimos juntos. Hubo muchas cosas de valor así como de dolor, como en cualquier historia de amor, sin embargo las de dolor han dejado de doler casi en su totalidad. La ansiedad ha desaparecido por completo, ya no hay pesadillas, puedo dormir noches enteras sin despertarme de golpe, el agotamiento permanente se ha ido y sobretodo la necesidad de estar con alguien o el sentimiendo de soledad. En la paz que he podido lograr, pude darme cuenta que todos estos son síntomas de que aquella codependencia que me llevaba a tomar malas desiciones de vida, hoy está casi superada. Me siento con la seguridad suficiente de poder estar con una nueva pareja por elección y no por necesidad o miedo.

No sé si sea el hecho de los cambios en mi vida o más bien, de los cambios de percepción en mi vida. Cosas que antes me irritaban, ya no lo hacen. Cosas que antes me preocupaban, ya no me atormentan. Miedos que tuve, ya han sido superados. Y al voltear atrás, me doy cuenta que si aquella noche donde todo se terminó entre nosotros, aquella noche que tantas veces pedí al cielo fuera solo un mal sueño, aquella noche que sentí mi corazón romperse en mil pedazos junto con mis sueños e ilusiones, si esa noche no hubiera sido parte de los eventos en mi vida, yo no hubiera podido darme cuenta de todo lo que había en mí por sanar y sobretodo, no hubiera tenido la oportunidad de hacerlo. Sin ese dolor, no hubiera podido reconocer el verdadero amor.  A veces las cosas no son como nosotros queremos porque simplemente nos espera algo mejor. El secreto está en saber soltar.

Mucho se habla del desapego y no lo entendemos hasta que practicarlo se convierte en la única salida del calabozo de la ansiedad, la depresión, el control y la añoranza. No es fácil hacerlo, pero cuando uno está decidido a lograrlo, no hay fuerza humana que te detenga. Una de las cosas más importantes que todo esto me enseñó, es aprender a reconocer mi misión de vida. Esa misión personal que muchas veces olvidamos, sobretodo los codependientes pues hacemos de los demás, el único motivo para levantarnos cada día. Había días en que sabía que no vería a mi actual ex pareja, esos días eran en ocasiones días sin rumbo. A veces te das cuenta que tienes deseos, proyectos, ganas de inscribirte a alguna clase o curso y te encuentras posponiendo o justificando con razones medio absurdas el no hacerlo, pero si se tratará de hacer hasta lo más complicado con o por tu pareja, te encuentras moviendo montañas de la manera más gustoza del mundo.

No nos damos cuenta de lo dañino que es esto en cualquier relación, es muy fácil como codependiente afirmar “lo di todo y no lo supo valorar”, pero olvidamos que cada persona tiene su manera de dar, y a veces al dar, damos más de lo que el otro puede dar y le exigimos o comprometémos que lo haga en la misma proporción que nosotros y a veces hasta de la misma manera. En mi caso, no fue la excepción, de ninguna forma hago menos la forma de dar de él, tampoco la mía, sin embargo ahora tengo la suficiente confianza en mí, para aceptar que muchas veces que di desde la codependencia era con una expectativa exigente. Saber dar y saber recibir es básico en cualquier relación. Mi manera de dar desde la codepencia, siempre con la intención de demostrar el profundo amor hacía él, pero a la vez lo fui invalidando.

Cuando damos y damos y damos, el mensaje que mandamos es el de “tú no puedes”, me sentía responsable de solucionarle absolutamente todo, aunque él tuviera la capacidad de resolverlo. Me olvidé de la mujer y me convertí en una madre. Él comenzó también a exigir, pero como hijo. La manera de solicitar atención era como el de un niño buscando que la madre le respondiera de forma inmediata o de que mamá dejará de hacer todo lo que estuviera haciendo en ese momento para enforcar toda su atención en él y sólo él, y en ocasiones al no satisfacer la exigencia, los berrinches se hacían presentes. Puedo victimizarme diciendo quejándome de estos tratos o puedo tomar consciencia de mi parte responsable, darme cuenta de mi participación en la dinámica, pero ya tampoco sin justificar la suya.

Como codependientes nos sentimos rescatadores, solemos idealizar y justificar desde el más mínimo maltrato recibido, hasta los mayores actos de violencia. Fue duro, quitarme algunas vendas de los ojos que me hacían tener una perspectiva donde minimizaba lo “malo” y aumentaba “lo bueno” y a veces, hasta prefería ver atributos o cualidades donde no las había. Para sanar la codependencia, es importante renunciar a ser víctima pero también “palero” de nuestra pareja y de nuestra relación. Duele porque nos convencemos de que hemos perdido a la mejor persona del mundo y de que nosotros somos lo peor. Duele porque nos convencemos de que hemos sido la mejor persona del mundo y de que nuestra pareja es la peor. Andamos fluctuando entre un péndulo de emociones, oscilando entre extremos de manera muy intensa, hasta que logramos quedarnos en un punto medio.
Tanto él como yo tuvimos aciertos, fuimos responsables de lo sucedidó, tuvimos errores, dimos lo mejor que creímos y sobretodo, hubo amor en la relación, más allá de la codependencia que nubló nuestros intercambios.

Agradece y valora, lo dado y lo recibido.
A veces tenemos que darnos cuenta que no vivimos la vida o una relación, sino la historia que nos contamos acerca de ellas.

Quitarse las vendas duelen, pero los ojitos no tardan mucho en acostumbrarse a la luz.

Continuará…