En esta ocasión quiero hablar acerca de la inteligencia. Mucho se ha dicho al respecto, y si me permiten decirlo, en el siglo anterior se ensalzó mucho más su valor. Tal vez nos resulte extraño al leer estas líneas, ya que estamos acostumbrados a hacer crecer la nuestra, desde la escuela o la familia nos hemos dedicado a ser inteligentes más que cualquier otra cosa. Claro, hay muchas personas que se dedican a fortalecer su cuerpo, y otras más a tener elasticidad. A su vez existen personas que invierten su tiempo en mantenerse saludables y hay otras que procuran llevar la mejor de las dietas posibles. Todos estos quehaceres son loables, y si usted, querido lector se dedica a alguno de ellos, reciba de mi parte una felicitación. Existe otro grupo de personas que se dedica a cultivar la mente, así, en general, cosa que aplaudo por igual, sin embargo, el cultivar la mente no siempre significa cultivar la inteligencia, es por eso que he decidido escribir sobre ello el día de hoy. Tal vez les parezca raro esto que digo, sin embargo, hay quien puede enfocarse a hacer crecer su memoria a corto o largo plazo, o hay quien puede hacer crecer su habilidad discursiva en el sentido en que puede hablar sin tartamudear a grandes velocidades. Estas cualidades, aunque son también un acto digno de admiración, no son propiamente un ejercicio de la inteligencia. Lo que pretendo hacer es una pequeña guía que trate sobre la propia, porque es evidente que todos somos inteligentes en algún sentido, y en estos sentidos a su vez lo somos en mayor o menor grado. Así que por qué no explorar nuestra inteligencia con un poquito de distinciones para que podamos así, si queremos fortalecerla como lo haríamos con algún músculo, enfocarnos en la que más nos llame la atención, o la que nos parezca es nuestro punto más fuerte.
La palabra inteligencia tiene su origen en el latín y tiene que ver con ligar, o juntar, varias cosas entre sí. En este sentido tiene la misma carga conceptual que tiene la palabra Razón, que usamos para denominarnos y distinguirnos de los demás animales. El primero de los tres modos de inteligencia que voy a tratar en esta ocasión (cabe señalar que hay más modos), es justamente el que tiene que ver con la parte racional del alma. La inteligencia racional (por darle un nombre, aunque resulte un tanto redundante) consiste en la capacidad que tenemos los seres humanos de ligar ideas. Podemos deducir o inducir cosas que nos rodean para crear nuevas construcciones de conocimiento. Cuando deducimos lo que hacemos es separar en partes más pequeñas un concepto grande, de modo que podamos ver todos sus elementos y con ello construir algo distinto. Por ejemplo: podemos deducir del nombre del triángulo que éste tiene tres ángulos, y podemos ver también que los ángulos no son propios de esta figura, sino que le pertenecen a otras más dependiendo el número con el que estén conformadas, como el cuadrángulo. En la inducción lo que hacemos es el proceso contrario, tomamos pequeñas partes de cosas y las unimos de modo tal que vamos creciendo hasta formar un concepto más completo. El ejemplo aquí sería partir de geometría básica, tomamos puntos que al ser sumados forman líneas que al ser sumadas dan paso a superficies que al ser sumadas dan paso a cuerpos. Podemos hacerlo con otras cosas como animales. Un animal que tiene cuatro patas, una cola, dos orejas un hocico y ladra, es sin duda un perro. En éste ejemplo podemos ver que mucho antes de que yo hiciera la unión de todas las partes que lo constituyen, ustedes, lectores, ya sabían de lo que yo estaba hablando. Su inteligencia, actuó de una manera mucho más rápida que mi discurso y formuló en su mente una idea completa a partir de pedazos. En fin, esta inteligencia es la que comúnmente se ejercita en la escuela, pero si ya no asistimos a un colegio ni nos gustan mucho la matemáticas, podemos hacerla crecer resolviendo problemas sencillos, que van desde cosas cotidianas como cuando arreglamos el lavabo y lo separamos en partes y luego las reconstruimos de modo en que quede como estaba en un principio (ya sin el problema) hasta resolviendo rompecabezas o jugando videojuegos como Candy Crush.
La segunda inteligencia es la emocional. Es a la que más fama se le ha dado en las últimas décadas y de la que más al pendiente estamos la mayoría de los seres humanos. La inteligencia emocional tiene que ver con otra parte del alma (como su nombre lo dice) las afecciones. Éste tipo de inteligencia ha causado ruido, precisamente porque se ha creído a lo largo de la historia que la pasión y la razón están significativamente opuestas. Nosotros todavía tenemos un poco de esta creencia y la vemos cotidianamente, si no es que la vivimos nosotros, en la relación de pareja. Vemos al vecino, al amigo o al sobrino que está buscando al novio o a la novia y vemos que se esfuerza en tener a su pareja feliz, muchas veces en unos niveles que nos parecen un tanto exagerados. Es ahí cuando no faltará quien diga que está haciendo tonterías porque está enamorado. En ese ejemplo podemos observar claramente esta idea de que las emociones o los sentimientos están completamente peleados con la razón, con la inteligencia y que en el momento en el que la pasión, sea esta cual fuere, toma control de nuestro cuerpo, la inteligencia se esfuma. Esta es una creencia muy común que tiene miles de años rondando al mundo occidental, bajo la que hemos sido educados y que incluso en nuestros días aceptamos sin ponerle muchos peros. Sin embargo, la cosa no es así. Cuando estamos enamorados, sabemos que estamos enamorados, cuando estamos tristes, o enojados lo sabemos. Es en este punto donde se puede rescatar la inteligencia y se puede argumentar a su favor. La consciencia de sabernos bajo la influencia de tal o cuál sentimiento, nos da control sobre ella y nos permite actuar inteligentemente. Muchas veces, y esto nuevamente es un hábito que merece un aplauso, cuando discutimos con nuestra pareja, nos dejamos llevar por el coraje, pero otras no, buscamos apaciguar la discusión o incluso logramos contener una situación que de no contar nosotros con cierto grado de inteligencia emocional, terminaría en un grave problema. Lo mismo sucede en nuestros trabajos, cuando el jefe nos llama la atención, se requiere cierta inteligencia emocional para contenernos y escuchar efectivamente lo que nos está pidiendo. En casos menos comunes, podemos ver en los soldados o en los deportistas que practican disciplinas extremas, o en personas que tienen que dar una conferencia frente a un auditorio grande. Todos ellos requieren cierta inteligencia emocional, y la pulen día a día cuando se enfrentan a estos miedos o a situaciones en las que de dejar que nos domine el sentimiento puede llevarnos a muchos problemas. Un modo sencillo de ejercitar la inteligencia emocional, es salir de nuestra zona de confort. Hagamos algo nuevo, algo que nos de miedo, intentemos crecer y no rendirnos ante el miedo. ¿No has montado nunca una bicicleta? Intenta hacerlo aunque sea por un par de minutos. ¿Te da pena salir a correr en las mañanas? Comienza saliendo a caminar y fíjate cómo te sientes. Eventualmente irá creciendo tu inteligencia emocional y ser verá reflejada en otros aspectos de tu vida.
La última inteligencia sobre la que hablaré es la sensorial. Sucede pues que existen personas que son muy sensibles, no solo en las palabras o en sus sentimientos, sino también en sus sentidos. Hay personas que son muy receptivas a los sonidos, otras a los colores y así a cada uno de los sentidos del cuerpo humanos. Esta inteligencia la llamaré “estética” justamente porque se refiere a lo que a los sentidos concierne. No sé si sea el caso de ti, querido lector, pero hay personas que escuchan una pieza musical y pueden identificar cada uno de los instrumentos que están sonando en armonía, así también sucede con personas que conocen un sinnúmero de colores, y pueden distinguir entre el color marfil del color hueso en cuanto a tonalidades de blanco se refiere. De hecho, cuentan por ahí los estudios científicos que los esquimales pueden distinguir entre noventa distintas tonalidades de blanco, cosa que es muy importante para su supervivencia. A su vez, cuentan los pesimistas que el hombre por naturaleza puede distinguir un número similar de tonalidades de verde. Nosotros, la gran mayoría no tenemos consciencia sobre estas cosas, y aunque podamos distinguir unos diez tonos de verde, no estamos educados ni nos hemos enfocado en hacer crecer este tipo de inteligencia. Es una inteligencia muy bonita y que sin duda vale la pena cultivar. El modo en el que podemos comenzar es mirando fotografías o degustando platillos y tratando de identificar cada uno de los sabores que están presentes. ¿Alguna vez han intentado hacer eso? Los invito, vayan a comer pozole un domingo por la mañana, o compren lo que se les antoje un platillo cualquiera, pero no lo cocinen ustedes, la idea es que se esfuercen por reconocer los ingredientes que lo componen. Es un ejercicio muy divertido, que a la larga nos va a ir haciendo crecer nuestra percepción. Si no son muy apegados a los placeres culinarios, pueden intentarlo escuchando composiciones musicales, olvídense de las figuras, las letras y las estrofas, comiencen por escuchar sencillamente cuál es la guitarra, en qué momento entra el piano o el violín. Hagan notas mentales o físicas, y repitan el proceso hasta que hayan identificado cada uno de los instrumentos musicales que participan de la obra. Si no son muy apegados a la música pueden hacerlo con otro tipo de obras artísticas, como verán la idea es sencillamente ir distinguiendo cada uno de los componentes que conforman una obra e irlos aprendiendo, de modo tal que cuando los identifiquemos en otra obra distinta podamos reconocerlos en su particularidad y no en conjunto (del mismo modo en que sabemos que las patas de los perros siguen siendo patas, aunque los perros sean de razas distintas).
Ya solo me queda despedirme por esta ocasión espero que esta pequeña guía sobre la inteligencia les sea de provecho y los anime a explorar cosas nuevas, a redescubrir el mundo y hacerse más inteligentes en el proceso. ¡Gracias por leer, hasta la próxima!