Uno de los principales problemas que se presentan a la hora de hablar sobre este tema, es precisamente el modo de abordarlo. Hablar sobre la mente abierta, es, inevitablemente cerrarla un poco en cierto sentido. Sin embargo, me parece un tema del cuál se puede sacar mucho provecho y un primer paso para el crecimiento humano en el más amplio sentido de la palabra. Estoy seguro que usted, querido lector o lectora, han escuchado en más de una ocasión esta condición favorecida por muchos de “andar”, “tener” o “ser” de mente abierta. Pero en sí, ¿qué queremos decir con esto? ¿A qué nos referimos con ser de mente abierta? Tal vez nos ayude un poco comenzar por lo que tenemos más a la mano. Los invito a que pensemos en alguien a quien llamaríamos “de mente cerrada” ¿a qué nos referimos? ¿Cómo es esta persona como la que no queremos ser? Muchas veces (y apuesto a que lo más común es que suceda así) pensamos en nuestros padres, que no son otra cosa que personas con una educación distinta a la nuestra, una educación más “mocha”, es decir mutilada, incompleta, no porque nuestros padres sean tontos, sino porque no nos entienden víctimas de la circunstancia cultural que les tocó vivir. Cuando me refiero a la educación, no hablo acerca de la educación académica, no me interesa tanto si conocemos o nuestros padres conocen el nombre de todas las capitales de los países del mundo. Me refiero, en cambio, a la educación de sus valores. De esa nadie escapa.

Los valores son pensamientos, creencias, ideas que rigen nuestra manera de comportarnos en sociedad (en solitario no, porque casi nunca estamos así en la actualidad), de cierto modo provienen de lo que consideramos “bueno” o “malo” hablando a muy grandes rasgos. Ahora bien, regresando el punto, una persona de mente cerrada, a su vez se asocia con la “necedad” o como le decimos en México, la “terquedad” y el nivel que cada uno tiene de ella. Vaya, es más cerrado quien es más necio o quien es más terco. En fin, en base a estos dos pilares de la personalidad (los valores, y la indisposición al saber también llamada necedad), podemos medir qué tan cerrado o abierto de mente es una persona. Las cosas parecerían a estas alturas bastantes sencillas. Déjenme preguntarles lo siguiente, les voy a pedir que hagan el esfuerzo por darse una respuesta provisional (al menos) a la pregunta. Una vez señalados los puntos anteriores, reflexionen, ¿qué tendrían qué hacer en sus vidas para ser de mente un poco más abierta? Porque siempre se puede abrir más. Antes de continuar con mi discurso, y dándoles un tiempo para que reflexionen sobre la pregunta que acabo de lanzar, me gustaría hacer una distinción. Una de las maneras que tenemos de entender esta condición de tener “la mente abierta” tiene mucho que ver con lo espiritual. Quiero aclarar que yo NO estoy hablando de este tipo de mente abierta, condición que requiere cierta iniciación en ciertas disciplinas religiosas o con ciertas capacidades con las que nacemos las personas que nos permiten percibir cosas que normalmente están privadas para las personas con “mente cerrada”. La postura que quiero abordar en el presente texto es más una postura hacia la vida, que una facultad mística.

Una vez aclarado el punto, quiero retomar el ejemplo del necio para continuar con mi exposición. Parecería que el necio lo único que debería hacer para abrir más su mente sería ser menos renegado al mundo en general. Por ejemplo, los niños que no gustan de comer mariscos, y llegada cierta edad, los prueban por invitación de algún amigo y terminan descubriendo una delicia en su propio paladar. En ese ejemplo, el niño necio, lo único que debió hacer fue salir un poco de su zona de confort y ser recompensado por ello. Cuidado aquí. A la hora de abrir la mente, hay que tener mucho cuidado porque no todo lo que pensamos nos hace bien. Imaginen que van a dar una fiesta en su casa, y se les ocurre tener el excelente detalle de invitar a todos, a todos los que quieran entrar. Van a dejar abiertas todas las puertas (incluidas las de sus cuartos y de sus cajas fuertes donde guardan sus alhajas y objetos preciados), van a poner su estéreo a todo volumen y van a invitar a pasar a todas las personas que vean transitar en su acera. ¿Cuánto tiempo creen que tardarán en tener su casa destruida, en que sus invitados sean reemplazados por un montón de vagos malvivientes? ¿Harían una fiesta de “puertas abiertas”? La razón por la que no la harían es un tanto obvia. Ahora, déjenme preguntarles, si no lo harían con su casa por protección a sus bienes materiales, ¿por qué abrirían de par en par las puertas de su mente, que es un lugar todavía más íntimo en el que habitan? Lo que quiero decir con esto, es que es conveniente tener la mente abierta, pero no nos vamos a abrir a todo, ni vamos a aceptar todo como venga, del mismo modo en que no dejaríamos entrar a cualquiera a nuestras casas. En este sentido, tiene un poco de razón el cerrado terco. El problema con él es que exagera en su miedo de apertura, y por lo tanto se pierde un montón de cosas maravillosas del mundo.

Exploremos el otro pilar, pensemos en los valores que tenemos. Pensemos en los valores de nuestros padres, y veremos que hay un mar de distancia, y esto se debe a que son otros tiempos en los que nos tocó vivir, las tradiciones son distintas y los valores también, lo que antes se veía mal socialmente, hoy es el pan de cada día, y así ha sido desde hace un montón de años. Por ejemplo, cuando veían mal el “Vals” casi tanto como ahora vemos el “reguetón”. Esto tiene que ver con las tres razones por las cuáles aceptamos o desechamos una idea de las que hablaré más adelante. Sin embargo, nuevamente, no por ser de mente abierta, vamos a comenzar a actuar en contra de nuestros valores. Les voy a contar una breve historia. Existieron hace mucho tiempo, cuando lo griegos dominaban el mundo civilizado, un montón de personas llamadas cínicos, cuya forma de vida consistía en vivir lo más austero que se pudiera. No vestían más que una sábana y no tenían casa, vivían en la calle y no comían más que sobras. Creían que era el mejor modo de vivir. Su exponente más afamado, se llamaba Diógenes, y Diógenes se comprometió tanto con la idea de que hay que vivir sin lujos que una vez que se le ocurrió que podía beber agua con sus manos, tiró a la basura sus vasos. Y una vez que pensó que no necesitaba cocinar su comida, dejó de hacerlo, porque cocinar la comida era un lujo (la idea de los cínicos es que los lujos corrompen el alma del hombre. Tiene sentido, si quieren luego les explico en otra entrada cómo funciona esta idea). Como podrán imaginar, el pobre Diógenes no duró mucho tiempo vivo, después de que dejó el “lujo” de comer comida cocida. En fin, lo que quiero mostrarles con esta idea es que Diógenes tenía la mente demasiado abierta. En nuestro tiempo son pocas las personas que tienen ese compromiso de abrir tanto su mente y de “probar” siempre algo nuevo. La razón por la que no lo hacen es sencilla, la mayoría de las personas tenemos valores bien arraigados a nuestra forma de ser. Les apuesto, queridos lectores, que muy pocos de nosotros aceptaríamos vivir como Diógenes aunque fuera solo por una semana. Esto no nos hace tontos, no nos hace malas personas, ni nos hace de “mente cerrada”, al menos no del todo. Lo que quiero decir aquí y quiero que quede claro, es que ser “de mente abierta” no implica que perdamos nuestros valores en el intento. En este sentido, nuestros padres tienen un poco de razón, aunque, por su circunstancia histórica, es decir, el tiempo en el que les tocó vivir, al igual que nosotros, no tienen más remedio que seguir fieles a sus valores.

Cuando adoptamos una nueva idea no importa cuál sea, sea ésta que lo mejor es vivir con una dieta vegana, o que lo mejor es practicar el budismo, o afirmar que la tierra es plana. La idea que usted quiera creer, depende de tres cosas. La primera es que esa idea nos parezca bonita, por ejemplo, muchas personas aceptan ese dicho que dice que “lo que no te mata, te hace más fuerte” y la razón (aunque no lo sepan del todo) es que ese enunciado implica dos cosas muy bellas: la victoria sobre la muerte (lo que no te mata) y la fuerza (que en cierto modo de permite luchar contra la muerte). Es decir, si algo no te mata, te dará la fuerza para volver a vencer a la muerte en un futuro encuentro. La idea contenida en esa sentencia, es a todas luces bella, por eso la aceptamos sin mucho problema. La segunda razón por la que aceptamos ideas, es porque nos parecen útiles. El ejemplo de una idea útil es un refrán: “camarón que se duerme se lo lleva la corriente” o “al que madruga Dios le ayuda”. No hace falta mucho explicar (como lo hice con la sentencia del ejemplo anterior) los refranes, ya que en su esencia está mostrar para qué son útiles, o en qué sentido son útiles. El que se duerme la vida se lo come, y el que madruga tiene más tiempo para sembrar cosas benéficas que le ayudarán a futuro. Los refranes, son ideas útiles, y su utilidad nos hace aceptarlos nuevamente sin poner mucha resistencia. El último caso en el que aceptamos una idea, es cuando nos parece buena, y quiero decir con buena, buena hablando moralmente. Es decir, algo que sea moralmente aceptable y loable: “hay que dar refugio a los niños de la calle”. Esta idea, la aceptan las personas porque su principal motivo es hacer bien, un bien moral. Y el hombre está naturalmente inclinado a hacer bien. Una vez dicho esto, podemos inferir que las razones por las que rechazamos una idea, son justamente las opuestas, o nos parece fea, o nos parece inútil, o nos parece mala (mala en sentido moral). Solo para hacer una distinción aquí, una mala idea en un sentido no moral, sería una idea inútil. Por ejemplo, llega un adolescente y le dice a otro, “vamos a cambiarnos las agujetas de los tenis”. Que lo hagan, no les es útil en nada, si llegar alguno de los dos a aceptarla, sería porque le parecería que sus zapatos se verían más bellos con las agujetas de su compañero y en ese sentido sería una idea bella, pero una mala idea en general, o dicho de otra manera, una idea no provechosa.

Ahora que ya sabemos de qué depende que aceptemos o no una idea, podemos aplicarlo a nuestra vida cotidiana. Cuando se escucha algún rumor, o se lee alguna sentencia en Facebook o alguna idea de un querido amigo nos hace ruido en nuestra mente, abordémosla, veamos si nos parece bonita, o buena o útil. Éste será el primer filtro para no dejar pasar a cualquiera a nuestra “casa”. Una vez dicho esto, solo me queda comentar los beneficios de tener “una mente abierta”, que en realidad son muchos, pero, por cuestiones de espacio, será un tema a explorar en entradas próximas. La vida es muy corta, y el mundo es demasiado grande. ¿Por qué privarnos de algunas experiencias? ¡Sal de u zona de confort, vive, conoce el mundo! No podemos ir como el necio negándonos a todo lo que nos rodea, pero tampoco podemos ir como Diógenes llevando a cabo todas las nuevas ideas que nos llegan a la mente. Ambos casos son extremos que preferiríamos evitar. Lo ideal, en este caso, para tener una mente verdaderamente abierta, es elegir qué cosas dejamos pasar y qué cosas no, estando conscientes de por qué dejamos unas entrar a unas y dejamos afuera a otras. Una vez que tenemos este pequeño filtro, podemos aventurarnos al mundo con la mente tan abierta como podamos, sin temor a correr el riesgo de sufrir al lleva a cabo una idea que parecía buena en un principio y que a final de cuentas no resultó serlo tanto.

Por el momento me despido, queridos lectores, les agradezco la atención prestada y si quieren que tratemos un tema en específico, háganoslo saber, comenten en la Página de SER, y nosotros pondremos manos a la obra. De la misma manera, si tienen alguna duda sobre algún tema, pregunten con confianza, que para eso estamos. Les deseo que estén bien y nos vemos en la próxima entrega.