No tenemos que ir muy lejos o investigar un montón de libros profundos compuestos por más de trescientas hojas para encontrarnos con las tradiciones orientales. Se habla mucho en la actualidad sobre las energías, el budismo, el hunduísmo y el taoísmo, y adoptamos a su vez, también sin hacer muchos gestos, algunas de las prácticas de estas disciplinas. Aprendemos meditaciones, adoptamos mantras, y una que otra creencia como el karma. Esto es una práctica común que cada vez se amplía entre el público occidental. En esta ocasión, he venido a hablar sobre este tema, las tradiciones o también llamadas filosofías orientales. Ya que sospecho que al igual que a mí, a usted, lector, le llama la atención el por qué no se adopta del todo las prácticas completas, sino solo partes de ellas. Es decir, si vamos a creer en el karma, ¿por qué habrá algunos que crean en el karma y no crean en la reencarnación? Por dar algún ejemplo. La respuesta no es falta de información, ya que como mencionaba anteriormente basta googlear un poco para enterarse de lo que uno quiera saber.

En esta entrada, vengo con una respuesta tentativa al problema anterior. No adoptamos del todo las llamadas filosofías orientales porque tienen varios conceptos que chocan con nuestra actividad cotidiana, además de hacer ruido con nuestra educación occidental. Aceptar la propuesta de la reencarnación, por ejemplo, lleva varios problemas escondidos. Uno de ellos es que no estamos del todo dispuestos a aceptar más de una vida, porque eso restaría importancia a la presente. No faltará quien llegue a pensar, ¿qué importancia tiene lo que haga en esta vida, si hay un número interminable de ellas esperándome cuando muera? Y en cierto sentido tiene razón. Tenemos, los occidentales, como tú o como yo, la educación de que lo que se hace en la vida presente es importante, tiene sentido y una repercusión (dejando a un lado temas religiosos como sería ser recompensado o castigado después de la muerte dependiendo de nuestros actos), por muy ateos que sean los actuales habitantes de occidente, tienen algún sentido de la vida presente. Lo que quiero decir con esto es que, se puede no creer en la tradición Judeo-cristiana, pero tenemos al menos la idea de que lo que laboro todos los días sirve de algo, ya sea para alimentar a nuestros hijos, o para comprarme una casa, o para ahorrar para mi vejez. En otras palabras, todos los occidentales tenemos un sentido para nuestra vida, se lo damos y lo atesoramos como lo más preciado que tenemos ya que es un pilar fundamental para la construcción de nuestra felicidad.

Ahora bien, una vez que nos hemos dado cuenta de que tenemos un motivo para vivir, y por el cuál podemos dar sentido a nuestras vidas, lo que me queda por hacer, es mostrar cómo esto choca con la idea de la reencarnación y no es tan fácil estar a gusto con ambas. La idea de volver a comenzar una nueva vida después de esta, desde cero (aunque nuestra alma o espíritu, o energía, lo que quieran creer que es lo que trasciende a la muerte, ya después haré una distinción sobre estos términos, acéptenme, por el momento, amigos ateos, que use el término “alma” indistintamente) terminaría por restarle importancia a lo hecho en la vida pasada, pensemos un poco en Sísifo (quien por cierto no moría) y verán a lo que me refiero. Aceptar la idea de reencarnación, es a su vez aceptar la idea de que esta vida tiene tanto valor como una gota de agua en el mar, se diluye, se pierde y se olvida a lo largo de los millones de años. Qué tan dispuestos estemos a aceptar que la vida presente, la gente que amamos, las metas que perseguimos y los sueños que queremos realizar, no tienen mucha importancia en el gran esquema de lo que tiene que transcurrir el alma durante todo su ciclo; es cosa de cada quién.