Tanto la ciencia como el misticismo demuestran que los seres humanos somos en esencia un campo energético. Aun así, Oriente sostiene que nuestros niveles normales de energía son débiles y chatos hasta que nos abrimos a las energías absolutas disponibles en el universo. Cuando se produce esta apertura, nuestro ch’i -o tal vez deberíamos llamarlo nuestro nivel de energía cuántica- se eleva a una altura que resuelve nuestra inseguridad existencial. Pero hasta entonces nos movemos buscando más energía de los demás. Comencemos observando qué ocurre en realidad cuando dos personas interactúan. Hay un viejo dicho místico según el cual la energía sigue a la atención. Por lo tanto, cuando dos personas se dirigen la atención, literalmente fusionan campos energéticos, aunando su energía. El tema pasa a ser enseguida: ¿Quién va a controlar esta energía acumulada? Si uno puede dominar y consigue que el otro ceda a su punto de vista, mire el mundo a su manera, a través de sus ojos, este individuo captó ambas energías como propias. Siente un aumento inmediato de poder, seguridad, valoración personal y hasta euforia.

Pero esas sensaciones positivas son ganadas a expensas de la otra persona, ya que el individuo dominado se siente fuera de su centro, ansioso y carente de energía.’ Todos nos hemos sentido así en algún momento. Cuando nos vemos obligados a ceder ante alguien que nos manipuló para confundirnos, hacernos perder el equilibrio o ponernos en evidencia, de pronto nos sentimos desinflados. Y nuestra tendencia natural es tratar de recuperar la energía del dominador, en general por todos los medios necesarios.
Este proceso de dominación psicológica se observa en todas partes y es la fuente tácita de todo conflicto irracional en el mundo humano, desde el nivel de los individuos y las familias hasta las culturas y las naciones. Por lo tanto, si miramos la sociedad de una manera realista vemos que es un mundo que compite por la energía, donde unas personas manipulan a otras en formas muy ingeniosas (y en general inconscientes). A la luz de esta nueva comprensión del universo, también podemos ver que la mayoría de las manipulaciones que se utilizan en este sentido, la mayoría de los “juegos de la gente”, son consecuencia de supuestos de vida básicos. En otras palabras, forman el campo de intención del individuo.

Cuando entramos en interacción con otro ser humano, debemos tener presente todo esto. Cada persona es un campo energético que consiste en un conjunto de supuestos y creencias que se irradian hacia afuera e influyen en el mundo. Esto incluye creencias sobre lo que un individuo piensa sobre otros y cómo imponerse en la conversación.
Cada uno tiene un conjunto de supuestos y un estilo de interacción únicos en este sentido, que yo he denominado “dramas de control”. Considero que estos “dramas” se desarrollan en un continuum que va desde lo muy pasivo a lo muy agresivo.

El Pobre De Mí
El más pasivo de los dramas de control es la estrategia de la víctima, o lo que he dado en llamar Pobre de Mí. En este drama, en vez de competir directamente por la energía, la persona trata de ganar deferencia y atención a través de una manipulación de la simpatía.
Siempre podemos reconocer cuándo entramos en el campo energético de un Pobre de Mí porque nos vemos arrastrados de inmediato a un tipo de diálogo particular en el que perdemos nuestro centro. De pronto empezamos a sentirnos culpables sin motivo, como si la otra persona nos hubiera puesto en ese papel. El individuo puede decir: “Bueno, esperaba que ayer me llamaras, pero no lo hiciste”, o: “Me pasaron un montón de cosas horribles y no apareciste”. Podría agregar incluso: “Están a punto de pasarme estas otras cosas horribles y es probable que tampoco entonces estés”.

Según el tipo de relación que tengamos con la otra persona, las frases pueden girar en torno de una amplia gama de temas. Si se trata de un socio en el trabajo, el contenido puede referirse al hecho de que está abrumado por todo lo que debe hacer y los plazos que debe cumplir, situación en la que usted no presta ninguna ayuda. Si la persona es una relación casual, es posible que entable una conversación sobre cuán espantosa que es la vida en general. Existen docenas de variantes, pero el tono y la estrategia básicos son los mismos. Siempre es algún tipo de esfuerzo por conseguir simpatía y la afirmación de que usted es de alguna manera responsable.

La estrategia obvia en el drama del Pobre de Mí consiste en hacernos perder el equilibrio y obtener nuestra energía creando una sensación de culpa o duda de nuestra parte. Al aceptar esa culpa, nos detenemos y, a través de los ojos de esa persona, miramos su mundo. Al hacerlo, la persona logra sentir la inyección de nuestra energía sumada a la suya y así se siente más segura.
Recuerde que este drama es casi por completo inconsciente. Surge de una visión del mundo personal y de una estrategia para controlar a los otros adoptada en la infancia temprana. Para el Pobre de Mí, el mundo es un lugar donde no puede contar con los otros para que satisfagan sus necesidades de cuidado y bienestar, y es un lugar muy aterrador para arriesgarse a ocuparse de esas necesidades de manera directa o decidida. En el mundo del Pobre de Mí, la única manera razonable de actuar consiste en esforzarse por obtener simpatía mediante inducción de culpa y detección de ofensas.

Por desgracia, debido al efecto que surten en el mundo estas creencias e intenciones inconscientes, a menudo el Pobre de Mí deja entrar en su vida exactamente al tipo de personas abusivas que teme. Y los hechos que les ocurren en general son traumáticos. El universo responde produciendo el tipo de mundo que la persona espera, y de ese modo el drama siempre es circular y se autovalida. El Pobre de Mí queda atrapado sin saberlo en una trampa viciosa.

Cómo tratar al Pobre de Mí

Al tratar con el Pobre de Mí, lo importante es tener presente que el propósito del drama es obtener energía. Al hablar con el Pobre de Mí debemos partir de la disposición de darle conscientemente energía; ésa es la manera más rápida de quebrar el drama.

Luego debemos considerar si la inducción de culpa está justificada. Por cierto, hay muchísimos casos en nuestra vida en los que deberíamos estar preocupados porque abandonamos a alguien o sentir simpatía por una persona que se encuentra en una situación difícil. Pero somos nosotros quienes debemos determinar esas realidades, no otro. Sólo nosotros podemos decidir hasta qué punto y cuándo somos responsables de ayudar a alguien en la necesidad.

Una vez que le dimos energía a un Pobre de Mí y determinamos que estamos enfrentando un drama de control en acción, el siguiente paso es identificar el juego, o sea, que el drama de control pase a ser el tema de conversación. Ningún juego inconsciente puede sostenerse si es llevado a la conciencia y puesto sobre el tapete para su discusión. Esto puede hacerse con una afirmación como: “Me parece que piensas que debería sentirme culpable”.

Aquí debemos estar preparados para proceder con coraje, porque si bien estamos tratando de abordar la situación con honestidad, es posible que la otra persona interprete lo que decimos como un rechazo. En ese caso, la reacción típica podría ser: “Oh, bueno, ya sabía que yo no caigo bien”. En otros casos, la persona puede sentirse insultada y furiosa.

Es muy importante, en mi opinión, pedirle a la persona que escuche y continuar la conversación. Pero esto sólo funciona si durante toda la conversación seguimos dándole energía a esa persona. Por sobre todo, debemos perseverar si queremos que la calidad de la relación mejore. En el mejor de los casos, la persona oirá lo que decimos al señalar el drama y podrá abrirse a un estadio superior de conciencia personal.

El Distante

Un drama ligeramente menos pasivo es el drama del Distante. Sabemos que ingresamos en el campo energético de alguien que usa esta estrategia cuando empezamos una conversación y nos damos cuenta de que no podemos obtener una respuesta directa. La persona con la que hablamos es distante, indiferente, críptica en sus respuestas. Si le hacemos preguntas sobre su historia personal, por ejemplo, obtenemos un resumen muy vago, como: “Estuve viajando un poco”, sin mayor elaboración.

Al tener esa conversación, sentimos que debemos hacer una pregunta de seguimiento hasta para la averiguación más simple. Tal vez debamos decir: “Bueno, ¿adónde viajaste? Y recibimos la respuesta: “A muchos lugares”.

Aquí vemos con claridad la estrategia del Distante. La persona crea de modo constante un aura vago y misterioso a su alrededor, obligándonos a poner energía para obtener información que normalmente se comparte de manera informal. Al hacerlo, nos concentramos con intensidad en el mundo de la persona, mirando a través de sus ojos, con la esperanza de comprender su historia, y así le damos la inyección de energía que desea.

Debemos recordar, no obstante, que no todos los que son vagos o se niegan a dar información sobre sí mismos están usando el drama del Distante. Simplemente pueden querer mantener el anonimato por alguna otra razón. Toda persona tiende derecho a la privacidad y a compartir con otros sólo lo que quiere.

Sin embargo, usar esta estrategia de distanciamiento para obtener energía es algo por entero distinto. Para el Distante es un método de manipulación que trata de seducirnos y al mismo tiempo mantenernos a distancia. Si llegamos a la conclusión de que una persona sencillamente no quiere hablarnos, por ejemplo -y entonces desviamos la atención a otra parte-, muchas veces el Distante vuelve a entrar en interacción con nosotros diciendo algo pensado para volver a hacernos interactuar y de esa manera lograr que la energía siga fluyendo hacia él.

Igual que con el Pobre de Mí, la estrategia del Distante proviene de situaciones del pasado. En general, el Distante no podía comunicarse libremente cuando era chico porque hacerlo resultaba peligroso o amenazador. En ese tipo de ambiente, el Distante aprendió a ser siempre vago en la comunicación con los demás, obteniendo al mismo tiempo una forma de ser escuchado para absorber la energía de otros.

Igual que con el Pobre de Mí, la estrategia del Distante es un conjunto de supuestos inconscientes sobre el mundo. El Distante cree que el mundo está lleno de personas a las que no se puede confiar información íntima. Piensa que la información será usada en su contra más adelante o que será motivo de crítica. Y, como siempre, estas suposiciones salen del Distante y modelan el tipo de hechos que ocurren, satisfaciendo la intención inconsciente.

Cómo tratar al Distante

Para tratar de modo eficaz a alguien que usa el drama del Distante, una vez más debemos acordarnos de empezar por enviar energía. Al enviar amor y energía en vez de ponernos a la defensiva, aliviamos la presión de continuar la manipulación. Sin la presión, podemos volver a empezar, identificando el juego y llevando el drama a la conciencia, al convertirlo en el tema de conversación.

Como antes, podemos esperar una de dos reacciones. Primero, el Distante puede huir de la interacción y cortar toda comunicación. Obviamente, éste es siempre el riesgo que hay que correr, porque decir algo significa seguir jugando el juego. En ese caso, lo único que nos queda es esperar que nuestra franqueza genere un nuevo modelo que lleve a una concientización.

La otra reacción del Distante puede ser mantenerse en comunicación pero negar que es distante. En ese caso, como siempre, debemos considerar que lo que la otra persona dice puede ser cierto. No obstante, si estamos seguros de nuestra percepción, debemos recuperarnos rápido y continuar el diálogo con la persona. De la conversación, con suerte, podrá surgir un nuevo patrón de comportamiento.

El Interrogador

Un drama de control más agresivo que invade la sociedad moderna es el del Interrogador. En esta estrategia de manipulación se usa la crítica para obtener energía de los demás.

En presencia de un interrogador, siempre tenemos la sensación clara de que nos están inspeccionando. Al mismo tiempo, podemos sentir que nos endilgan el papel de alguien torpe o incapaz de manejar su propia vida.

Sentimos esto porque la persona con la cual interactuamos nos arrastró a una realidad en la que siente que la mayoría de las personas comete errores enormes con su vida y ella debe corregir la situación. Por ejemplo, el Interrogador puede llegar a decir: “En realidad, no te vistes de acuerdo con el tipo de trabajo que tienes”, o: “Noté que no tienes tu casa muy prolija”. Con igual facilidad, la crítica puede apuntar a cómo hacemos nuestro trabajo, la forma en que hablamos o una amplia gama de características personales. En realidad no importa. Cualquier cosa dará resultado en la medida en que la crítica nos haga perder el equilibrio o nos haga sentir inseguros de nosotros mismos.

La estrategia inconsciente del Interrogador consiste en señalar algo sobre nosotros que nos haga pensar, con la esperanza de que aceptemos la crítica y adoptemos su visión del mundo. Cuando esto sucede, empezamos a ver la situación a través de los ojos del Interrogador y con ello le damos energía. El objetivo del Interrogador es convertirse en juez dominante de la vida de otras personas para que, en cuanto empiece la interacción, los demás se remitan a su visión del mundo y aporten un flujo constante de energía.

Al igual que los otros dramas, éste deriva de supuestos proyectados acerca del mundo. Esta persona cree que el mundo no es seguro y ordenado a menos que ella controle el comportamiento y la actitud de todos y haga correcciones. En este mundo, el Interrogador es el héroe, el único que presta atención y cuida que las cosas se hagan con prolijidad y perfección. En general, el Interrogador proviene de una familia en la que las figuras paternas estuvieron ausentes o poco atentas a sus necesidades. En este vacío inseguro de energía, el Interrogador logró atención y energía de la única manera posible: señalando los errores y criticando el comportamiento de la familia.

Cuando el niño crece, lleva consigo estas suposiciones sobre cómo es el mundo y cómo es la gente, y estas suposiciones a su vez generan ese tipo de realidad en la vida del Interrogador.

Cómo tratar al Interrogador

Para tratar al Interrogador la cuestión es que nos mantengamos lo bastante centrados como para decirle cómo nos sentimos en su presencia. Una vez más, la clave radica en no adoptar una postura defensiva y enviar energías afectuosas al explicar que nos sentimos cuestionados y criticados por él. El Interrogador también puede tener varias reacciones distintas. Primero, puede negar su actitud crítica, incluso frente a ejemplos concretos. De nuevo, debemos considerar la posibilidad de estar equivocados y oír reproches cuando no era ésa nuestra intención. Por otro lado, si estamos seguros de nuestro punto de vista, lo único que podemos hacer es explicar nuestra posición, esperando que pueda surgir un auténtico diálogo.

Otra reacción que puede tener el Interrogador es la de dar vuelta el tablero y acusarnos de críticos. Si ocurre esto, debemos considerar otra vez si la acusación es cierta. De todos modos, si, como antes, vemos que no es así, debemos volver a nuestro argumento de cómo nos hace sentir la otra persona cuando estamos en su presencia.

Una tercera reacción que podría mostrar el Interrogador es sostener que las críticas son válidas y deben hacerse y que estamos evitando enfrentar nuestros propios defectos. Nuevamente, debemos considerar si la afirmación es cierta, pero si estamos seguros de nuestra posición, podemos dar varios ejemplos para mostrar que las críticas del Interrogador fueron innecesarias o inadecuadas.

Todos enfrentamos situaciones en las que sentimos que los demás están haciendo algo que no les conviene. Tal vez pensemos que deberíamos intervenir para señalar el error. El factor clave aquí es cómo intervenimos. Estamos aprendiendo, creo yo, a hacer afirmaciones modestas, como: “Si mis neumáticos estuvieran así de gastados, yo compraría un juego nuevo”, o: “Cuando me tocó estar en una situación como la tuya, dejé el trabajo antes de conseguir otro y después lo lamenté”.

Hay maneras de intervenir que no sacan a la persona de su punto de vista centrado ni menoscaban su confianza, como hace el Interrogador, a quien hay que explicar esta diferencia. Una vez más, la persona puede preferir cortar la relación antes que escuchar lo que decimos, pero es un riesgo que debemos correr para mantenernos fieles a nuestra propia experiencia.

El Intimidador

El drama de control más agresivo es la estrategia del Intimidador. Nos damos cuenta de que entramos en un campo energético de una persona así porque no sólo nos sentimos consumidos o incómodos, sino que nos sentimos inseguros, en peligro incluso.

El mundo pasa a ser ominoso, amenazador, descontrolado. El Intimidador dice y hace cosas que indican que puede tener un arranque de rabia o violencia en cualquier momento. Puede contar historias sobre daños hechos a otros o mostrarnos el grado de su furia rompiendo muebles o arrojando objetos por el cuarto.

La estrategia del Intimidador consiste en llamar nuestra atención y de ese modo obtener energía creando un medio en el que nos sentimos tan amenazados que nos concentramos por entero en él. Cuando alguien da la impresión de que puede perder el control o hacer algo peligroso en cualquier instante, la mayoría de nosotros lo observamos con atención. Si estamos manteniendo una conversación con una persona así, en general nos remitimos con rapidez a su punto de vista. Por supuesto, cuando vemos a través de sus ojos, tratando de discernir lo que puede llegar a hacer (para mantenernos a salvo) recibe la inyección de energía que es lo que más necesita.

Esta estrategia de intimidación en general se desarrolla en un medio anterior de gran carencia de energía donde predominan relaciones con otros Intimidadores que son dominantes y abusivos y donde no funciona ninguna otra estrategia para recuperar la energía. La inducción de culpa, como en el caso del Pobre de Mí, no funciona; a nadie le importa. Por cierto, nadie se da cuenta si alguien se hace el Distante. Y cualquier intento de ser Interrogador choca contra ira y hostilidad. La única solución es soportar la falta de energía hasta llegar a ser lo bastante grande como para intimidar por derecho propio.

El mundo que ve el Intimidador es de violencia y hostilidad a diestra y siniestra. Es un mundo en el que está perdido en total aislamiento, donde todos rechazan y a nadie le importa: exactamente lo que estas suposiciones llevan a la vida del Intimidador una y otra vez.

Cómo tratar al Intimidador

Enfrentar a un Intimidador es un caso especial. Debido al peligro evidente, en la mayoría de los casos es mejor apartarse de su presencia. Si alguien mantiene una relación duradera con un Intimidador, lo mejor es en general poner la situación en manos de un profesional. El plan de acción terapéutica se parece mucho, desde luego, al de los otros dramas. El éxito con un individuo de este tipo en general implica hacerlo sentir a salvo, brindarle una energía solidaria y llevar a la conciencia la realidad de su drama. Por desgracia, sigue habiendo muchos Intimidadores que no reciben ninguna ayuda y que viven alternando estados de miedo y rabia.

Muchos de estos individuos terminan en el sistema de justicia criminal y son individuos a los que es prudente mantener alejados de la sociedad. Pero un sistema que los mantiene encerrados sin intervención terapéutica y luego los deja salir otra vez no comprende ni ataca la raíz del problema?

Superar Nuestro Drama De Control

La mayoría de nosotros, a lo largo de la vida, oímos distintas quejas de los demás sobre nuestros patrones de conducta. La tendencia humana es ignorar o racionalizar dichas quejas para seguir adelante con nuestro estilo de vida preferido. Aun ahora que el conocimiento de los libretos y hábitos autoengañadores está convirtiéndose en una parte más importante de nuestra conciencia humana, nos cuesta mucho ver de manera objetiva nuestro comportamiento personal.

En el caso de dramas de control graves en los que una persona buscó ayuda profesional, reacciones de crisis pueden echar por tierra años de avance y crecimiento en terapia al reaparecer viejos patrones que uno creía superados. De hecho, una de las revelaciones que están surgiendo entre los terapeutas profesionales es que el verdadero progreso requiere mucho más que la catarsis que se produce durante la exploración personal de los traumas infantiles. Ahora sabemos que, para terminar con estos intentos inconscientes de adquirir energía y seguridad, debemos concentrarnos en el fundamento existencial más profundo del problema y mirar más allá de la comprensión intelectual para buscar una nueva fuente de seguridad que pueda funcionar con independencia de las circunstancias externas.

Me refiero aquí a un tipo diferente de catarsis, que los místicos han señalado a lo largo de la historia y del que cada vez oímos hablar más. Al saber qué hacer respecto de las competencias por la energía en la sociedad humana, nuestro desafío consiste en mirarnos con más atención a nosotros mismos para identificar nuestro conjunto particular de supuestos y las intenciones que constituyen nuestro drama y encontrar otra experiencia que nos permita abrirnos a la energía que llevamos dentro.

 

 

Fuente: http://www.bioarmonia.com.ar/Psicologia/Los_Dramas_de_Control.htm