Por fin había hecho la cita, el próximo martes a las 4:00 pm,  daría el primer paso a darle gusto a mi madre, y a acercarme un poco más que dejara de juzgarme, de hacerme recomendaciones que suenan más a órdenes que a sugerencias. Solicitar terapia no fue fácil, ya estaba agotada  desde antes de vencer el desgano, cosa que no mejoró y terminé por postergar lo más que pude el hacer la llamada, me sentí por momentos dañada o hasta loca, yo no estaba muy dispuesta a aceptar esta última concepción, pues al final la terapia es para los locos ¿no? o por lo menos, eso creí. Yo sabía que había algo roto en mí, pero no estaba loca, no era mi cordura, no señor, era otra cosa casi tan fundamental como ella. No sabía si esto sería una solución, después de todo no perdía nada con intentar y por lo menos, mi familia dejaría de insistir tanto con el tema. De todas formas faltaba una semana antes de irme a postrar en un sofá a contar mis cosas a un desconocido.

Hoy desperté con un poco más de energía, la realidad es que no todos los días son tan malos, no quiero decir que haya días buenos, simplemente hay días no tan malos, y es que a veces, el mundo le regala tantito cuartel a una, deja de asediarla y hasta parece que se puede disfrutar de la vida. Hoy es uno de ellos, decidí organizar un poco mi habitación, nada especial, tan solo un poquito que me diera algo de espacio para respirar. Pasaba la mayor parte del día en ella y el orden no era una de mis virtudes. Había platos sucios, bolsas viejas de frituras y dulces. Afortunadamente no había mucha ropa regada, después de todo ya no variaba mucho mi vestimenta. Recordé que aún había unas cuantas cajas sin abrir de mi mudanza, consideré que igual y sacar algunos de mis viejos discos me serviría para actualizar mi lista de música; sin embargo encontré una vieja caja con fotos y cosas de mi infancia. Una caja de pulseras multicolor de plástico, muy de moda en los 80´s, recordé que no importaba lo formal o casual de mi vestimenta, siempre las usaba. Un reloj con brillo labial sabor fresa, aún se podía percibir perfectamente su aroma, aunque los dibujos estaban ya muy borrosos. Una muñeca, tenía su crepé ya bastante aplastado, pero sus aretes en forma de triángulos rosas, verdes y negros, que tanto me gustaban, seguían intactos. Y muy al fondo de la caja, 2 álbumes de fotos viejas y un perrito de peluche. “Fóforo” se llamaba, era azul y largo, lo había nombrado así por una de mis caricaturas favoritas. No pude evitar abrazarlo, no salía sin Fóforo a ningún lugar. Él me acompañaba durante las visitas al doctor, me hacía divertidas las visitas a casa de mi tía, y me consolaba en todas las discusiones de papá y mamá. Él me hacía sentir segura.

Fóforo no faltaba en aquellas fotos, cumpleaños, vacaciones, Navidades, ahí estaba él. Vi algo en esas fotos que tampoco recordaba ya, algo que olvidé por completo: mi sonrisa. Era raro, por cada fotografía podía recordar perfectamente las discusiones de mis padres. ¿Cómo era posible que dentro de tanto problema, tantos gritos, tantas crisis, yo estuviera sonriendo? ¿Por qué hoy me cuesta tanto hacerlo?

No pude evitar llorar, me sentí totalmente ausente, me extrañaba. Extrañaba sonreír con aquella facilidad, extrañaba abrazar y sentirlo como cuando abrazaba a Fóforo, extrañaba emocionarme por unos aretes, extrañaba sentirme bonita con un labial… extrañaba vivir, pero no sabía ya cómo hacerlo y por momentos, simplemente ya no quería.

Vi a esa niña, sonriente, con sus pulseras de colores y pensé : ¡Cómo te he fallado! Siento mucho coraje, Con mis padres por no tomarme en cuenta y discutir cada que se les hiciera fácil, con mis hermanos, pues todo lo que saben hacer es competir y juzgar, con mi ex, no le importó lo que yo sintiera, mis sueños, mis proyectos. Exploté en llanto como hace mucho no lo hacía, pensé que las lágrimas se me habían terminado, Lloré de ira. No era justo lo que había sucedido, ni tampoco en lo que yo me había convertido. Sin embargo, ahí estaba, abrazando a Fóforo, esperando de nuevo me pudiera consolar.

Decidí encerrarme de nuevo en mi cuarto, apagué mi celular. Hoy no tenía humor para escuchar música, solo quería acostarme y llorar, y así como lo cuento, el día que parecía soleado por la mañana, de repente comenzó a oscurecer, no es que el sol se hubiera nublado, es que simplemente ya no calentaba, estaba pálido y nostálgico, pareciera que había dejado de querer entrar a mi habitación. Con las pestañas pesadas por las lágrimas yo solo podía pensar en una cosa: me extraño, y me extraño mucho.

 Tal vez mañana, podría ser el día en que pueda volver a sentir algo más que la carga de solo existir o tal vez no.

El cansancio me está ganando, los ojos me pesan, mis mejillas parece que nunca se secarán y el sol parece que no volverá a iluminar con tanta intensidad con tanto esmero como lo hacía todos los domingos de mi infancia.

Mañana será otro día… tal vez no tan malo.

Continuará…