Afortunadamente aquella ida al cine se había cancelado, ya no encontraba la manera de librarme de otro compromiso más. La realidad es que no tenía ya muchas ganas de salir ni de hablar con nadie. Tiene ya mucho tiempo que no disfruto una película, las palomitas y la comida en general me sabe a papel, no me puedo concentrar en ninguna conversación, solo quiero dormir para que el tiempo pase. Desde hace tiempo, después de aquella mala racha, las cosas no han sido igual. No he podido encontrar un trabajo, mi pareja me abandonó para irse con otra mujer más exitosa, atractiva, más… más “mujer” que yo, así lo dijo aquel día que no le importó dejarme con la cuenta del restaurante, y dos platillos a medio terminar, empapada en lágrimas flotando entre un mar de desconocidos. Había perdido el trabajo junto con mi casa, ¿qué otra salida tenía más que regresar a casa de mis padres? Aquel lugar al que juré no volver nunca. Las discusiones por tonterías y los reclamos son cosas del día a día. No es que no les agradezca que me hayan apoyado, simplemente el ambiente que se respira ahí, puede llegar a ser en extremo insoportable.

Mis amigos, son buenas personas, me han ayudado; sin embargo creo que ninguno comprende que a veces la vida no puede ser tan fácil. Todos están ya casados tienen hijos preciosos y sus mayores preocupaciones son esterilizar bien las mamilas y cuidar el ambiente con los pañales orgánicos. Todos me dicen que me anime, que le eche ganas, que no es para tanto… Cada palabra, aunque reboza del perfume con que se bañan las cosas bien intencionadas, solo me empalaga cada vez más y más, hasta que termino por detestar todas y cada una de ellas. Siento que lo ven todo muy fácil, muy simple, cuando yo, que soy la que siente, ni siquiera sé qué es lo que me pasa. Es por eso que mejor he decidido evitarlos, además, ellos también se están cansando de verme tan ojerosa por tantas noches de insomnio, después de todo, si me alejo, ya no les arruinaré sus momentos de felicidad.

Dejé de maquillarme, los tacones y vestidos no me parecen tan atractivos como vestir siempre unos  jeans, una sudadera vieja que era de mi novio y unos tenis. Ni hablar de mi cabello, tengo meses amarrándolo con una liga con tal de no cepillarlo. No tengo la energía para los tratamientos, los despuntes, las planchas y todo eso que uno hacen las chicas que son bonitas. De hecho, por más rizos y mechas californianas que me haga, no será suficiente para volverme a sentir atractiva de nuevo. En fin, después de varios test en línea, todo parece indicar que tengo la enfermedad de “moda” como dicen algunos: La Depresión.

Estoy considerando acudir con un psicólogo o terapeuta, con tal de quitarme de encima a mis padres con sus cantaletas incansables de que me hará bien. No tengo mucha fe en ellos, pero creo que invertir una hora a la semana en un consultorio a cambio de que mi familia deje de molestarme varias horas al mes es un buen intercambio. Además, durante esa hora no tendré que soportar sus juicios disfrazados de consejos. Yo sé lo que piensan cada que me ven, aunque no lo digan, sus miradas no saben mentir tan bien como sus lenguas.

A veces intento recordar cómo era antes de todo esto, y me cuesta evocar tan siquiera como era el sonido de mi voz. Veo fotos de aquella época en que me consideraba feliz y me cuesta reconocerme no soy yo, sin duda no soy la misma que veo en esos cuadros enmarcados que tengo en el fondo de un cajón. Siento tan lejanos esos momentos, y tan solo ha transcurrido un año, ¡un año, no quiero ni pensar en cómo me veré en un par de meses más! Creo que si tuviera que definir lo que siento la mayor parte del día lo resumiría en nostalgia y añoranza, de lo que fue y de lo que no pudo ser. Extraño esos días donde todo tenía sentido, donde había una razón para levantarse de la cama, para cuidar la figura y para salir a la calle a esquivar con maestría las leperadas que esos hombres maleducados le gritan a una.

Todos dicen que hay luz al final del túnel o que cuando más fría es la noche es cuando ya va a amanecer o que después de la tormenta viene la calma, pero yo solo siento que estoy atorada en un mundo gris, ni siquiera oscuro, es un gris mediocre, sin chiste. En una calma infinita una calma que no deja de parecerse más al ojo de un huracán que a un día nublado a mitad de primavera.

Cada noche me voy a dormir con la pesadez de que llegará otro día y con la certeza de que me despertaré a mitad de la noche a hacer guardia a esos perezosos sueños, que se fueron a descansar sin mí, en algo me he de ocupar, de todas formas, al amanecer le daré la bienvenida al día igual de cansada que el día anterior, que el día de mañana y éste mismo día de la semana que viene. Mañana haré la cita con el psicólogo, espero no ser muy grosera con él, no tengo mucho interés en conversar, mucho menos en escuchar; sin embargo espero ganar un poco más de ese silencio que tanto escasea en casa. Por hoy, solo quiero ponerme mis audífonos y desconectarme a través de la música. Cerrar los ojos y pensar que estoy en un sueño, simular que estoy dormida y que con suerte, tardaré en despertar.

No sé en qué momento me perdí, no sé si volveré a encontrarme, solo sé que ya no quiero sentirme así.

Continuará…