Ésta era la tercer semana que acudía a terapia. Mi terapeuta era una mujer de mediana edad, atractiva y bastante amable. Debo de confesar que lo primero que pensé cuando la vi, fue que me parecía que no iba a comprender nada de lo que yo sentía. Ella se veía muy tranquila, como si no hubiera sufrido nunca, como si no supiera lo que es tener depresión, como si su vida fuera muy fácil. Al llegar a mi primer consulta lo hice con mucho nerviosismo, estaba acostumbrada a que las personas me juzgarán, a que pensarán que si no tenía ánimos de dejar mi habitación o convivir con más personas, creyeran que era por mera flojera, a que si no podía concentrarme en algún diálogo, era porque no me interesaba hacerlo o por mala educación. La realidad es que cuando se está deprimido, hasta la acción más pequeña y sencilla se siente como lo más difícil y pesado del mundo. Ahí estaba yo de nuevo, contándole a mi doctora mi vida. Se estaba ganando poco a poco mi confianza, no me juzgaba ni me trataba con lástima, tal vez aún no encontraba todas las respuestas que quería, pero sí había logrado sentirme más ligera y esto se comenzaba a notar un poco. Había ya cambiado aquella vieja sudadera por un suéter, me animé a cortar mi cabello y aunque aún no tenía las ganas de invertir una hora secándolo y acomodándolo, ya no me pesaba cepillarlo y dejarlo suelto de vez en cuando. Sabía que hoy en terapia tocaríamos un tema que he evitado en mucho tiempo, habíamos hablado ya de mis relaciones de pareja fallidas, de mi adolescencia un poco conflictiva, de la sobreprotección y control de mis padres y de la ironía de que aún así, siempre los había sentido ausentes, sobre todo a mi padre con su alcoholismo y a mi madre con su sumisión justificada en que las mujeres así tenemos que ser. Ella se había dado cuenta que había algo más que yo no había manifestado. Algo que durante mucho tiempo he guardado, y que incluso me he esforzado para que ninguna de mis parejas lo notara.

Cuando tenía 13 años, tuve mi primer enamoramiento, algo sumamente inocente. Él tenía 15 años, era mi vecino. Mi padre, al ser sumamente celoso, había dejado en claro en diversas ocasiones que no quería que yo tuviera amistades hombres y ni hablar de novios, por lo menos no hasta que fuera mayor de edad. Así que cuando él comenzó a mostrar interés en mí, aquella emoción e ilusión tuvo que convertirse en un secreto. Él esperaba a que mi madre tomara su siesta de la tarde y aprovechando que mi padre se encontraba trabajando o en alguna parranda, para aventarme un par de piedritas en la ventana de mi cuarto y así irnos al parque a caminar. Duramos como 3 meses, cada jueves y viernes viéndonos, con él tuve mi primer beso. Sin embargo, las cosas fueron cambiando poco a poco, se comenzó a mostrar un poco posesivo y celoso, en esos momentos yo creía que era porque tenía sentimientos fuertes hacia mí, que realmente me quería. Yo no sabía nada de él los demás días de la semana. Antes solía verlo caminando por nuestra calle, pero de pronto se fue ausentando cada vez más. Hasta que un miércoles me lo encontré en una cafetería local con otra mujer. Fue la primera vez que sentí mi corazón romperse. Quise romper todo contacto con él, sin embargo el seguía insistiendo cada jueves y viernes en mi ventana. Llegada una tarde, cuando mi coraje con él había disminuido un poco, accedí a verle en el parque para escucharlo solamente. Llegó con una flor, una rosa roja, completamente alcoholizado. Me negué a hablar con él, sentía mucho miedo en esos momentos, pero él no aceptó mi respuesta, me aventó la rosa a la cara, se me fue encima, y abusó de mí. Esa tarde al llegar a mi casa, no podía pedir ayuda, mi madre estaba para variar dormida y mi padre bebiendo en algún lugar, sin contar que lo más probable era que me dijeran que todo había sido mi culpa, por haber roto las reglas de la casa. Después de esa noche, no lo volví a ver jamás. Supe que se había ido de intercambio a otro país, su familia se mudó 6 meses después.

Durante años mantuve ese secreto que me ha pesado desde entonces. Platicarlo en terapia no fue fácil, llevaba mucho tiempo reprimiendo la tristeza y el coraje hacía él. Lloré mucho, incluso más que aquella noche que mi ex me abandonó por una “más mujer”. Pero me sentía liberada en cierto aspecto. Sentí una carga menos. Lo mejor fue que mi terapeuta me vio de una forma muy humana, sin juicio y sin lástima y comprendí que era momento de yo comenzar a verme de la misma manera.

Esa fue la primer noche que dormí sin despertarme en la madrugada, sin ansiedad y que desperté sin sentirme cansada.

Comprendí que gran parte de mi depresión se debía haber invertido tanta energía en guardar ese secreto, sintiéndome sucia y culpable, e incluso juzgándome como había sentido que todos lo hacían conmigo.

Tengo un buen presentimiento, hoy, aunque no me siento feliz, sí siento un poco de fe.

Continuará…