Hablar de mi secreto fue muy liberador. Todo mundo habla acerca de que la infancia tiene un gran impacto en cómo nos comportamos siendo adultos, pero pocas veces lo llegamos a comprender. Pensamos, incluso, que la depresión es una consecuencia por haber roto con alguna pareja, por la muerte de un familiar o la pérdida de un trabajo. La realidad es que la depresión es algo más profundo que eso. Es mucho más que solo estar triste durante un periodo de tiempo. Poco a poco fui comprendiendo que llevaba ya muchos años solamente existiendo, que mi depresión eran una serie de emociones encapsuladas desde mi infancia y que mi cuerpo estaba pidiendo liberarlas. La depresión no había sido consecuencia de haber terminado aquella relación tan importante para mí, incluso descubrí que aquellas relaciones fallidas habían sido falsos escapes, pequeñas dosis de vida y distracciones a las heridas que no me había atrevido a confrontar. Como aquellos vacíos por la ausencia de mi padre, o una especie de rebelión a la sobreprotección, el buscar sentirme querida por alguien, e irónicamente solo me sentía atraída a hombres conflictivos que también estaban ausentes emocionalmente, pero a la vez buscaban compensar esa ausencia con un exceso de control en la relación y donde yo creía que tenía que convencerlos de que valía la pena amarme, así como sentía con mi padre y mi madre. No pretendo culparlos de mi situación, he comprendido también que la depresión tiene muchas caras, como los ataques de pánico que mi madre tenía o el extremo gusto al alcohol y parrandas de mi padre, o los eternos juicios y disputas con mis hermanos. Tardé mucho tiempo en asimilar que el cariño de mis padres había sido de esta manera porque ellos venían luchando contra sus propios demonios desde antes de que yo naciera. Y es en ese punto cuando entendí que a veces nos toca ser la herida y a veces nos toca ser el cuchillo. Los padres no solo nos heredan el color de los ojos o de la piel, nuestra predisposición a la diabetes o las caderas anchas, también nos heredan sin saber sus heridas, sus errores, sus creencias y muchas cosas de las cuáles no nos percatamos hasta que nos duelen. Y estaba en mí el hecho de que siguieran doliendo. No estaba siendo fácil, no se trata de pensar positivamente y ya, es todo un proceso de reconstrucción, de unir piezas, incluso aquellas que no comprendemos por qué están ahí y aquellas que hemos sentido toda una vida que nos han hecho falta.

Los días eran más ligeros, mi familia y amigos podían ir percibiendo mi mejoría, aún había momentos en los que volvía a sentir mucha ira y tristeza, pero ahora tomaba elecciones diferentes: cuando me sentía muy triste, prefería meterme a la tina, prender velas aromáticas y darme permiso de llorar en la privacidad de aquel baño; cuando el coraje regresaba, me ponía a pintar. La pintura había sido una grata compañera en mi juventud, y la había traído de vuelta. Me gustaba plasmar mi ira con colores rojos, naranjas y amarillos, dibujando soles y girasoles, de alguna forma comencé a percibir aquellas heridas como un espacio para que la luz entrara y dejé de temerle al dolor. Aún no podía evitar sentirme mal, pero había comprendido que aún en mi malestar, podía hacer algo con ello. No podía elegir cómo sentirme, pero sí qué hacer con lo que sentía.

Así, una tarde decidí ir a un nuevo local de postres y pasteles. Varias amigas ya me habían invitado a ir a aquel lugar que rápidamente se puso de moda. Decidí ir sola, aunque ya no me pesaba tanto el aceptar invitaciones, aún no me sentía muy social. Aquella tarde libre, me pareció buena idea ir por un café y una rebanada de pastel de chocolate blanco que tanto enloquecía a mis amigas. Hacía un poco de frío, así que pretendía pasar mi tarde con mi café cargado, mi postre y tal vez retomar uno de aquellos libros que solían gustarme, novelas muy cortas, sencillas y digeribles pero que te dejan con esa sensación de que la realidad puede ser diferente. Ahí estaba yo, con mi abrigo, mis botas de piel y el olor a galleta recién horneada dispuesta a hacer mi pedido, cuando uno de los baristas grita un par de nombres muy familiares. Era él y aquella mujer “más mujer” que yo. Sentí en ese momento mucho nerviosismo, las manos completamente heladas, casi dormidas, mientras la cajera me preguntaba qué deseaba ordenar, no sabía si salir corriendo o simplemente seguir con mi plan, solo rezaba en mi interior porque él no me viera. Ordené, me escondí detrás de una de las repisas con la colección de tazas antiguas que servían como decoración del lugar esperando mi pedido y deseando ser completamente invisible, sin embargo una parte de mí quería verlo, hablarle, confrontarlo y hasta decirle que lo extrañaba, así que entré, intentaba observarlos discretamente. Mientras se preparaba mi café, ellos salieron al área de fumar, se sentaron y comenzaron a discutir. No levantaron la voz hasta que ella le preguntó “¿Por qué me haces esto?” Y él, solamente se levantó, dejándola a ella en la mesa, con 2 capuchinos intactos, un croissant recién hecho y un maquillaje sumamente arruinado por las lágrimas que no dejaban de correr por su rostro.

Muchas veces imaginé que él se arrepentiría, la abandonaría y regresaría sumamente arrepentido, pidiéndome perdón y ofreciéndome su amor, incluso, el fantasear con superarla a ella y ahora ser yo “la más mujer”, me causaba cierto placer, sin embargo, esa tarde, no pude evitar verme reflejada en ella, la historia se estaba repitiendo, y yo sabía lo que era sentirse abandonada de aquella manera.

Al entregarme mi orden, y dispuesta a salir del local para irme a mi casa y asimilar lo que acababa de ver, sucedió algo que jamás consideré podría pasar. La vi de frente, con aquel rímel corrido y nariz roja por el llanto, me vio, me reconoció y me dijo.

“Perdóname”.

En aquel momento supe que esa tarde fría, leer, comer pastel y beber café en la comodidad de mi cuarto, sería algo que simplemente no sucedería.

Continuará…